jueves, 2 de mayo de 2013

RAPSODIA V


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA V
Apenas apuntó la aurora con su azafranado velo, Zeus reunió a los dioses en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo.
— ¡Escuchen todos, dioses y diosas, lo que mi corazón dicta! Ninguno de ustedes se atreva a trasgredir mi mandato: el dios que intente separarse de los demás y ayude a los troyanos o a los griegos regresará humillado al Olimpo. Lo arrojaré debajo de la tierra y conocerá cuánto aventaja mi poder a las demás deidades.
Los demás dioses callaron, asombrados de sus palabras, pues fue tanta la vehemencia con la que se expresó el Crónida. Pero Atenea, la predilecta de Zeus, se adelantó hasta él:
— Conocemos tu poder, padre excelso, pero tenemos lástima de los belicosos helenos que morirán. Nos mantendremos al margen de las acciones, pero queremos sugerir a los aqueos sabios consejos, a fin de que no perezcan todos.
Zeus, como amaba a su hija, sonrió y le concedió el deseo:
— Contigo, amada hija, seré complaciente, mas no benigno— luego se vistió con su túnica dorada, tomó el látigo de oro y subió a su carro para dirigirse al monte Ida desde donde, envuelto de una espesa niebla, contempló la ciudad troyana y las naves aqueas.
Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron presurosamente en sus tiendas y enseguida tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad de Troya, y cuando estuvieron preparados las puertas se abrieron y se produjo un gran tumulto.
Cuando los ejércitos llegaron a encontrarse, chocaron una vez más los escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas. Se escuchaban los lamentos de los caídos y los gritos de los matadores jactanciosos. La tierra manaba sangra.
Mientras en lo alto el Sol ganaba terreno a la mañana, Zeus tomó en su mano la balanza de oro y puso en cada platillo un peso de muerte. El platillo de los aqueos tuvo más peso y bajó hasta la tierra, mientras que el que representaba a los troyanos se elevó hasta el cielo.
Zeus entonces envió una ardiente centella sobre los aqueos que los iluminó y se pasmaron de pálido temor. Solo Néstor conservó la serenidad, aunque Paris, esposo de Helena, flechara uno de sus caballos en lo alto de la cabeza, donde los crines empiezan a crecer y las heridas son mortales.
Y el anciano hubiera perdido la vida, si no lo hubiera advertido Diomedes, el cual vociferó a Odiseo, que huía:
— ¡A dónde huyes, Odiseo, linaje de Zeus! ¡Eres un cobarde! Pero aguarda y ayúdame a resguardar la vida del anciano ante el feroz guerrero llamado Héctor.
El hijo de Tideo le arrojó una flecha al guerrero troyano y aunque erró el tiro, hirió en el pecho, cerca de la tetilla, al auriga.
En ese momento, Zeus arrojó otro rayo frente a los caballos de Diomedes. Néstor comprendió la señal divina:
— ¡Diomedes, el mismo Zeus combate contra ti! ¡Tuerce las riendas y huyamos! Comprende que la protección del gran Crónida no te corresponde. Ningún mortal puede impedir sus propósitos, porque el dios es mucho más poderoso.
— Oportuno es lo que dices—le respondió Diomedes—, aunque siento un terrible pesar en mi alma, pues qué dirán cuando huyamos— Los troyanos y Héctor, al verlo, se jactaron de su enemigo:
— ¡Tu pueblo te despreciará, Diomedes, porque has vuelto como una mujer! Anda, tímida doncella, ya no me combatirás…— y todos se burlaron del griego que escapaba…
La fiereza de Diomedes lo tentó a regresar en tres ocasiones, más Zeus, oportuno, le manifestó su deseo con sendos rayos.
Héctor, orgulloso de su triunfo, animó aún más a su pueblo y gritó:
— ¡Troyanos, Zeus me concede la victoria: acuérdenme, cuando llegue a las cóncavas naves, traer el voraz fuego para incendiarlas y matar junto a ellas a los aqueos, confundidos por el humo!
Indignada desde su trono por tan ruin acto, Hera, esposa de Zeus, descendió hasta Agamenón para animar a los griegos.
— ¡Qué vergüenza, hombres sin dignidad, admirables sólo por su figura! Antes decían que cada uno pelearía con cientos de enemigos; ahora no pueden con uno, que pronto llegará a prender fuego a las naves.
Luego, la diosa buscó a su esposo Zeus y le pidió la victoria de los mermados aqueos. El Crónida, compadecido de verla derramar lágrimas, le concedió que su pueblo se salvara. Así, envió un águila que dejo caer un cervatillo sobre el altar de los Helenos. Cuando éstos vieron la señal, arremetieron contra el pueblo troyano.
La guerra se endureció y todas las flechas iban dirigidas contra Héctor, pero ninguna lo alcanzaba, aunque mataran a quienes se hallaban a su lado.
Pero el dios del Olimpo muy pronto se arrepintió y volvió a excitar el valor de los soldados de Troya. De nueva cuenta se inició la persecución de los griegos.
Hera y Atenea quisieron ayudar a sus protegidos, pero el dios del rayo las amenazó con terribles castigos.
— Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido— manifestó Zeus, encolerizado y a la vez irónico—: hubieran caído heridas por el rayo y no hubieran regresado a esta morada.
A Hera la ira no le cupo en el pecho y exclamó con pasión:
— ¡Eres muy cruel, temible Zeus! ¿Qué palabras has proferido? Bien sabemos que tu poder es infinito, pero Atenea y yo tenemos lástima de los belicosos griegos. Sólo les sugerimos para que no perezcan todos víctimas de tu cólera.
 — Los aqueos morirán— dijo el padre de los dioses— hasta que, caído Patroclo, se alce Aquiles, el de los pies ligeros, contra sus enemigos. Así está escrito y así tendrá que suceder.
La noche llegó una vez más, y mientras los troyanos encendieron grandes hogueras y vigilaban acechantes, los argivos regresaron a su campamento cerca de las naves.