viernes, 30 de agosto de 2013

RAPSODIA IV

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA IV
Ya sin la ayuda divina, troyanos y griegos se enfrentaron solos en una horrenda batalla. Los aqueos tomaban la delantera y Néstor animaba a los suyos.
Fue entonces cuando Heleno, el mejor de los augures troyanos, se dirigió a su hermano Héctor y a Eneas exhortándolos a mantener la moral troyana en alto.
–Héctor– dijo Heleno–, ve a la ciudad y di a nuestra madre que llame a las venerables matronas, para que vayan con ella al templo dedicado a Atenea, emperatriz de las batallas en acrópolis, y llévenle ofrendas agradables; luego ofrécele doce novillas de un año de edad para que domine al feroz Diomedes.
El príncipe troyano llegó al palacio magnífico de Príamo, le salió al encuentro su madre, quien tomándole la mano le dijo:
– ¡Hijo!, ¿por qué has regresado, dejando el áspero combate? Seguramente irás a la acrópolis a ofrendar al poderoso Zeus…
– No, madre mía– le respondió Héctor–, he venido a decirte que le lleves ofrendas a la diosa Atenea y sacrifiques en su honor doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, para que aparte de la ciudad de Ilión al hijo de Tideo.
Y la madre cumplió la ofrenda como lo sugirió su hijo, pero la diosa de hermosa cabellera no accedió a los ruegos de los troyanos.
Héctor se encaminó de nueva cuenta al palacio de Príamo, y ahí se encontró a Paris y a Helena, con quienes cambio estas palabras:
– ¡Eres un desgraciado, Paris! Mientras tus hombres perecen combatiendo al pie de los latos muros de la ciudad, tú, desinteresado, te recreas en la ociosidad. ¡Regresa al combate si desprecias a los griegos!
– ¿Qué dices? Si ya preparo mis armas– contestó el hermoso Paris–. En este momento, mi esposa amada me exhortaba a regresar a la lid. Contigo iré, pues nada me detiene.
La bella entre las bellas también se dirigió, angustiada, a su cuñado:
– Ojalá hubiera muerto al nacer, y ya que los dioses determinaron estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los reproches de los hombres.
Luego de la respuesta de la cautiva, Héctor, con voz firme le contestó:
– ¡Anima a este hombre a que luche!; mientras, yo voy a mi casa y veré a mi querida esposa y a mi pequeño vástago.
Héctor se fue y llegó enseguida a su palacio, mas no encontró a la dueña de sus suspiros, Andrómaca, ni a su hijo. Extrañado, se detuvo en el umbral y preguntó a las esclavas:
– ¡Esclavas! ¿Dónde está Andrómaca, y mi hijo? ¿Fue quizá a visitar a mis hermanas o a mis cuñadas? ¿O quizá está en el templo de Atenea?
Ellas le contestaron:
– No, ella subió a la gran torre de Ilión cuando escuchó que los troyanos retrocedían ante el ímpetu de los griegos. Te busca, sin saber de tu suerte.
El héroe se dirigió a toda prisa al lugar indicado, y luego de buscar, encontró a su esposa, quien corrió a su encuentro. Detrás la seguía de cerca la nodriza que amamantaba al infante.
En silencio, Héctor miró a su hijo, lo acarició y besó la mano de su esposa. Andrómaca, con los ojos enjugados, le dijo:
– ¡Desdichado! Tu valor te perderá. ¿Qué no tienes compasión de tu hijo y de tu esposa? Sería preferible que al perderte la tierra me tragara. Para mí sería mejor, si vivo privada de tu presencia. Héctor, tú eres todo en mi mundo: mi padre, mi madre, mi hermano; tú, mi floreciente esposo.
– Todo eso me preocupa, mujer– contestó el gran Héctor–, pero me avergonzaría ante los troyanos si huyera del combate. Mi corazón me incita a la lucha. Sé que llegara el día en que caiga la ciudad de Troya, por eso primero he de morir antes de observarte vejada por los aqueos.
Después, el hermano de Paris tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza. Le asustaba el bronce y el penacho de crines de su padre. La pareja olvidó por unos momentos los horrores de la guerra y sonrió brevemente.
El guerrero se despojó de su indumentaria, cogió a su pequeño hijo y lo besó. Entonces, alzando la vista, se dirigió a los dioses:
– ¡Oh, Zeus y demás dioses! Concédame que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos y muy esforzado; que reine en Ilión y que todos lo aclamen después del combate, y que digan que es mucho más valiente que su padre.
Posteriormente, llevó al niño con su madre y se volvió a colocar el yelmo adornado con crines. Subió a su carro y mientras se alejaba volvió la cabeza para dar el último adiós a su esposa.
Paris, que no había demorado mucho, se encontró con Héctor cuando éste regresaba.
– Eres valiente– le dijo Héctor–, pero en ocasiones te abandonas y no deseas pelear, y mi corazón se aflige cuando escucho murmurar a los troyanos, siendo tú la causa de sus penas. Vamos, pues, y esperemos el favor de Zeus para ganar.
Los dos hermanos se lanzaron a una lucha sin cuartel y dieron muerte a numerosos guerreros enemigos, pero cuando Atenea, la diosa de brillosos ojos, vio que aquéllos mataban a muchos aqueos, descendió desde las cumbres del Olimpo para ayudarlos.
Al advertirlo, Apolo le expresó a la diosa:
– ¿Por qué enardecida nuevamente, oh, hija del gran Zeus, acaso quieres dar a los indecisos griegos la victoria? Si lo deseas suspenderemos hoy las hostilidades.
Atenea, enojada le respondió:
– ¿Pero por qué has querido suspender la batalla?
Apolo le reveló su intención de que Héctor retase a los griegos más valientes a un duelo singular. Y así lo hizo. El príncipe, esposo de Andrómaca, guiado por Apolo, detuvo la lucha de ambos ejércitos y se dirigió a sus contrincantes:
– ¡Aqueos, si su guerrero más valiente logra vencerme con su lanza, despójenme de mis armas y entreguen mi cuerpo a los míos para ser quemado en la pira; pero si el vencedor soy yo, me llevaré sus armas a Ilión, las colgaré en el templo de Apolo y les enviaré el cadáver para que le rindan tributo!  
Los aguerridos griegos guardaron silencio, y ante la vergüenza de no aceptar el desafío, Menelao se indignó ante tanta cobardía y se ofreció a luchar contra el caudillo troyano.
– ¡Yo lucharé contra ti! – y dio un paso delante de los demás soldados.
Pero el mismo Agamenón lo tomó de un brazo y le discutió:
            – ¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tanta locura. Aquiles mismo sentiría terror ante Héctor.
Pero nadie más se ofreció como voluntario. Así que Néstor increpó a los argivos y nueve de entre ellos se levantaron para responder al reto.
Acordaron echar suertes y Ayax, rey de Salamina, resultó electo. Todos los helenos se mostraron complacidos y, una vez armado, el príncipe salió al campo.
– Héctor, ahora conocerás el poder de los aqueos, aunque la fuerza de Aquiles no nos acompañe. Somos muchos los capaces de pelear contra ti. ¡Empiece ya la lucha! – lo retó Ayax.
Los contendientes se arremetieron como leones carniceros. Héctor lanzó primero su enorme lanza y atravesó con ella el escudo de cuero y bronce de su rival.
Pero Ayax respondió tirándole una piedra en el escudo; luego lo hirió levemente en el cuello. Más no por eso dejó de combatir Héctor, quien tomó otra roca y la aventó sobre el escudo del aqueo.
Cuando llegó la noche, la batalla continuaba sin que hubiera vencedor alguno. Ambos héroes acordaron suspender las hostilidades hasta el día siguiente; mientras, se retiraron como amigos haciéndose mutuamente magníficos regalos.
Reunidos todos los reyes griegos, decidieron recoger los cadáveres de sus muertos y quemarlos en una inmensa pira.
Entretanto, los troyanos pensaron devolver a la hermosa Helena, pero Paris se opuso:
            – ¡No devolveré a mi esposa!; pero si lo desean puedo darles las riquezas que traje de Argos, hasta añadiré mi palacio.
Los griegos, en boca de Menelao, rechazaron la oferta:
– No se aceptan las riquezas de Paris ni a Helena tampoco; pues es evidente que la ruina acecha a los troyanos. ¡Que no decaiga el ánimo, continuemos la gesta!


RAPSODIA III

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA III
Luego de la batalla sin victoria para ninguno de los dos bandos, los dioses se reunieron en consejo. Zeus, con intención de incomodar a su esposa Hera, hablo así:
– Son dos las diosas que protegen a Menelao, Hera y Atenea, pero lo observan desde lejos; en cambio, Afrodita acompaña a Paris y lo libra de la muerte. Ahora tenemos que decidir el futuro: promovemos el combate o reconciliamos a ambos pueblos.
Hera, llena de ira en el pecho, hizo un pacto con su esposo:
– Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, destrúyelas cuando lo desees, poderoso Zeus, pero manda a Atenea al campo de batalla y los troyanos provoquen a los griegos violando así el juramento de paz.
Así lo hizo Zeus y Atenea cumplió con lo acordado. La diosa se inmiscuyó con forma de valiente guerrero entre los troyanos y encontró a Pándaro, valeroso combatiente de la causa troyana.
– Dispara con una flecha contra el osado Menelao, los tuyos te lo agradecerán. Te colmaré de regalos y gloria– lo incitó la diosa.
Estimulado con estas palabras, Pándaro cogió su arco bien pulido, buscó una flecha nueva, la colocó en su arma y tiró directo al pecho de Menelao.
Pero Atenea de su preciado protegido y desvió la flecha, que se clavó en el cinturón del rey, hiriéndolo levemente. Agamenón al observar a su hermano bañado en sangre, conminó entre suspiros a los aqueos:
– ¡A la guerra, valerosos griegos! Así quebrantaban los juramentos de paz los troyanos, pero Zeus los castigará con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos.
Los soldados helenos se agruparon, y con sed de venganza comenzaron a avanzar como el viento; y cuando estuvieron frente a los troyanos la tierra se tiño de sangre, se cruzaron las lanzas y se juntaron los escudos. Muchos héroes perecieron en la batalla; unos junto a otros quedaron de bruces en el polvo.
– ¡Adelante troyanos– gritó Apolo desde una colina–, no cedan ante los griegos! Sus cuerpos no son de piedra ni de hierro. Además, recuerden, Aquiles, hijo de Tetis, no se encuentra en las filas de avanzada.
Pero los aqueos fueron apoyados por Atenea, quien recorrió el campo animado a los suyos. La diosa infundió a Diomedes valor y audacia para que brillara en el campo de batalla, pues hizo salir de su casco y escudo una incesante luz; tal era el resplandor que despedían la cabeza y los hombros del héroe griego, que los enemigos se sobresaltaron.
Inspirado por la diosa, Diomedes venció a muchos. Atenea entonces tomó la mano de Ares y le dijo:
– ¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! Dejemos que los troyanos y aqueos peleen solos, que sea Zeus quien decida sus destinos.
Con lo anterior los griegos arremetieron contra los troyanos y cada jefe mató, cuando menos, a un enemigo importante.
Pero Pándaro, que observaba cómo peleaba Diomedes contra las tropas de Ilión, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho. El teucro, hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz aguda:
– ¡Arremetan, teucros: herido está el más fuerte de los aqueos, y no creo que pueda resistir el poder de mis saetas!
Pero la veloz flecha no postró al valeroso Diomedes, ya que invocó auxilio a Atenea:
            – ¡Oh, diosa, haz que Pándaro, quien me hirió, se ponga frente a mí y reciba la muerte de mi mano!
Atenea lo escuchó, y poniéndose al lado del aqueo, profirió estas palabras de aliento:
– ¡Animo, Diomedes, pelea contra los troyanos! Te concedo el honor de poder distinguir a los hombres de los dioses en el combate. Si alguno de los inmortales viene a tentarte, no quieras combatirlo. Pero si observas a Afrodita, hiérela con el bronce.
Luego, Diomedes, guiado por Atenea, atravesó con su lanza los dientes blancos del guerrero Pándaro, quien cayó al suelo y allí quedaron la vida y el valor del combatiente.
Eneas intervino temiendo que lo aqueos le quitaran el cadáver de su amigo, por lo que fue herido por Diomedes, quien le dejó caer una enorme roca sobre una pierna.
Pero Afrodita, madre del troyano, lo cubrió con un espeso manto para defenderlo de las flechas, que ya lo acechaban.
            – ¡Eneas, no morirás mientras te proteja tu madre! – dijo Afrodita.
Diomedes la distinguió entre el alboroto, saltó a su carro, corrió en su persecución y rasguño la palma de la deidad. La diosa lanzó un grito estremecedor de dolor.
Al verla, Apolo se la llevó al Olimpo envuelta dentro de una espesa nube.
El aqueo se lanzó contra el troyano Eneas, tres veces intentó matarlo y cuando lo atacaba por cuarta vez, Apolo lo increpó con aterradora voz:
            – ¡Valiente y osado aqueo, retírate, piénsalo mejor; no quieras igualarte a los dioses! Al escuchar la voz de Apolo, el guerrero comprendió y bajó su arma.
El funesto dios Ares entró a lid a favor de los troyanos, incitado por Apolo. Ares, hijo de Zeus y Hera, y dios de la guerra, cubrió el campo de batalla con una densa niebla para proteger a los troyanos. También se colocó detrás de Héctor, y así mató a muchos aqueos.
Hera, la diosa de los níveos brazos, observó que los griegos caían y exclamó a Atenea:
– ¡Pero vana será la promesa que hicimos a Menelao de que no se iría a destruir la bien amurallada Ilión, si dejamos que el pernicioso Ares ejerza sus furores! ¡Auxiliemos a los aqueos! Las deidades intervinieron y fue así como el combate se encarnizó aún más.
Diomedes, que se encontraba junto a su carro curándose las heridas, fue recriminado por Atenea por estar lejos del combate. El guerrero, contrariado, le contestó:
– Te conozco, diosa, por eso te hablaré sin ocultarte nada. No me domina el terror; pero recuerda las órdenes que me diste. Me aconsejaste no pelear contra los dioses, a excepción de Afrodita, que ha desaparecido, y solo observo que el enojo de Ares impera en la batalla.
No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales– lo consoló la diosa–, yo te ayudaré. Conduce tu carro a Ares y no lo respetes: hiérele de cerca, pues no supo cumplir con su palabra de combatir a los troyanos.
Y así lo hizo Diomedes, quien guiado por Atenea se acercó montado sobre su carro hacia el hijo de Zeus; enfilando su lanza desgarró el hermoso cutis de Ares, quién clamó como gritarían diez mil hombres.
Envuelto en una sombría nube, el dios subió al Olimpo, donde fue curado.
Al verlo, Zeus lo reprendió:

            – Siempre te han gustado las peleas, tienes el espíritu soberbio de tu madre, Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. ¡Esa herida tú mismo te la has provocado, insensato!