LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA II
Al
aparecer la duodécima aurora, Tetis subió al cielo y, llorando, abrazó las
rodillas de Zeus y pidió venganza para su hijo:
–
¡Próvido Zeus, concédete la victoria a los troyanos, hasta que los helenos den
satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores!
El
padre de los dioses comprendió la congoja de Tetis y, afligido, buscaba el
medio de honrar a Aquiles y causar una matanza entre los argivos. Así creyó que
lo mejor sería enviar un sueño engañoso al atrida Agamenón.
–
Anda, pernicioso sueño –clamó
Zeus, con maldad–, introdúcete en la
tienda de Agamenón y ordénale armar a los melenudos aqueos porque ahora podrá
tomar Troya.
Y
así partió el sueño a cumplir el mandato, y encontró al rey en su tienda
dormido. La inspiración de Zeus se posó sobre la cabeza del atrida y tomó la
forma de Néstor, el anciano a quien aquél más honraba.
El
maligno sueño habló así:
–
No debes dormir toda la noche, pues Zeus se compadece de ti. Anima a tu
ejército y toma Troya. La voluntad del Crónida está de tu lado. ¡Anda, no
tengas miedo!
Cuando
el atrida despertó, aún sonaban las palabras del sueño en sus oídos.
Rápidamente se vistió con su túnica fina, la más hermosa, calzó sus pies y se
encaminó hacia las naves de los aqueos para celebrar un consejo junto a las
naves de Néstor.
–
¡Escuchen, amigos!
–les dijo a los hombres allí reunidos–, dormía
durante la noche, cuando se me acercó un sueño divino y se posó sobre mi
cabeza. Tú, sabio Néstor, me indicaste que no esperemos tanto tiempo para tomar
Troya. ¡El poderoso Zeus, dijiste, está de nuestro lado!
El
anciano creyó sus palabras y fue el primero en incitar a los griegos para que
se levantaran en armas.
–
Si algún otro aqueo nos contara lo sucedido –dijo convencido el anciano–, lo creeríamos falso, pero lo ha dicho quien se gloria de ser el más
poderoso de los argivos.
–Pero,
¿Quién nos asegura que el sueño se va a cumplir? ¿No será, quizá, un engaño de
los dioses? –se
mostraron desconfiados algunos helenos.
Sin
embargo, Agamenón no quería regresar a Grecia después de haber perdido tantos
hombres, y con firmeza los arengó:
–
¡Si quieren regresar, háganlo! ¿Qué no tienen valor para atacar a los troyanos?
La
muchedumbre no cesaba en su malestar y desconfianza, por lo que su ánimo estaba
a punto de hacerla abandonar la guerra. Entonces, de entre los griegos, Odiseo,
rey de Itaca, conminó a los hombres a consumar valientemente la toma de Troya:
–
¡No es digno que tiemblen como cobardes! ¡Alto, regresen a sus naves! ¡Tengan
paciencia, la victoria está más cerca que nunca! Entonces todos regresaron a
sus tiendas con nuevos ánimos de continuar la travesía.
Después,
se ofreció un sacrificio a Zeus y se reunieron todos los reyes y jefes. Como un
enjambre de moscas, todos al unísono se prepararon para la batalla. La tierra
tembló y se estremeció ante el avance de los aqueos, quienes en la orilla del
mar dejaron sus embarcaciones y subieron a sus carros de guerra. Iris, la
mensajera de Zeus, llegó hasta Príamo, rey de Troya, bajo la forma de su hijo
Polites y le advirtió del grave peligro:
–
¡Oh anciano!, he estado muchas batallas, pero nunca vi un ejército tan numeroso
como el que han formado los aqueos. ¡Ten cuidado, vienen hacia acá!
Comandados
por Héctor, los troyanos se agruparon sobre una colina para esperar a sus
adversarios. Y prestos para el combate, los raptores de Helena avanzaron sobre
la llanura chillando como pájaros.
Al
frente de ellos, junto a Héctor, marchaba Paris, semejante a un dios, con una
piel de leopardo sobre los hombros. Empuñaba su arco, su espada y dos lanzas de
punta de bronce. El hermoso hombre desafiaba a los argivos con arrogancia. Los
aqueos llenos de furia y osadía, velozmente se acercaron a sus adversarios.
Menelao,
el esposo de Helena, vio a Paris acercarse. Como león hambriento que ha
encontrado a un ciervo o una cabra montés, el esposo agraviado saltó hasta
enfrente de las filas sin dejar de empuñar sus armas. La hora de la venganza
había llegado. Pero repentinamente, Paris, al observar a su enemigo, temeroso y
pálido retrocedió hasta perderse entre los combatientes de la retaguardia.
Al
advertir la cobardía de aquél, Héctor lo reprendió con injuriosas palabras:
–
¡Eres un miserable, Paris! ¡Eres la vergüenza de los troyanos! Los aqueos se
ríen de haberte considerado como un arrogante campeón, por tu bella figura,
cuando no tienes valor de enfrentarlos. Tuviste la audacia de raptar a Helena,
esposa de Menelao, y con ello trajiste la desgracia y la tragedia a tu pueblo.
¡Y ahora te escondes y huyes como un cobarde!
–
Tu corazón es duro e inflexible– le
contestó Paris, irritado–, pero nunca
huiré de Menelao. No me reproches los dones que me ha dado la diosa de la
belleza, Afrodita. Detén a todos los combatientes y déjenme solo, en medio del
campo de batalla, con Menelao. El que venza se llevará a su tierra mujer y
tesoro.
Héctor
se alegró de la decisión de Paris, y con voz firme convenció a troyanos y
griegos de deponer las armas. Agamenón detuvo a sus arqueros después de
escuchar atento el desafío.
Ahora también escúchenme a mí– reviró Menelao–, mi corazón está lleno de amargura por la
insolencia de Paris. ¡Por los dioses que acepto el duelo! Mi pueblo ha sufrido
grandes bajas por la defensa de mi causa y por el malvado Paris, que la
promovió. ¡Combatamos hasta la muerte, que muerda el polvo quien así lo
merezca!
Luego
de escuchar a Menelao, los aqueos y los troyanos, con la esperanza de que con
este acto terminaría la guerra, bajaron de sus corceles y, dejando la armadura
en el suelo, se sentaron frente a frente muy cerca los unos de los otros. En
medio quedó una pequeña franja de tierra donde Menelao y Paris iban a combatir.
Iris llegó hasta la exuberante Helena, que estaba en su palacio tejiendo un
manto de púrpura, y le confió:
–
¡Ven, querida, sígueme! Paris y Menelao lucharán por ti. Cruzarán sus lanzas, y
quien resulte vencedor te llamará esposa.
Cuando
terminó Iris de hablar, Helena sintió en su corazón el dulce deseo de su
anterior marido. Suspiró por su patria y sus padres, se cubrió de un blanco
velo y derramó tiernas lágrimas. Después, salió de su estancia acompañada de
sus doncellas, y pronto llegó al lugar donde se derramaría la sangre de los
valientes héroes.
Al
verla, Príamo le gritó:
–
¡Acércate, hija querida! Siéntate a mi lado, contempla a tu anterior marido y a
sus parientes y amigos. Pero dime: ¿Quién es ese gallardo y alto hombre? He
visto otros de mayor estatura, pero nunca he visto a un hombre tan hermoso y
venerable como éste.
Helena
suspiró, y tratando de contener las lágrimas, observó:
Es el poderoso Agamenón,
esforzado combatiente, cuñado de esta desvergonzada– y rompió en profundo llanto.
Luego,
el anciano se fijó en Odiseo y la volvió a cuestionar:
–
Dime también, ¿quién es aquel de menor estatura que Agamenón, pero ancho de
espaldas y de pecho?
–
¿Aquél, dices tú? –
Lo reconoció Helena, quien se limpiaba las lágrimas–. Es el ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, que se crió en tierras de
Itaca. Es tan hábil en urdir engaños de toda especie, como prudente consejero…
Y
el anciano inquirió por tercera ocasión, al reparar la vista en Áyax:
¿Y ese otro griego gallardo, de
noble gesto, que sobresale por su altura y anchas espaldas?
Ese es Áyax– contestó Helena–, el muro de los aqueos.
En
el campo de batalla, el atrida Agamenón levantó las manos y oró en voz alta:
¡Padre Zeus, tú que todo lo ves,
sé testigo y vela por este juramento! Si Paris mata a Menelao, que Helena sea
suya con todas las riquezas, y nosotros regresaremos a nuestras embarcaciones.
Pero si Menelao cruza con su lanza a Paris, que los troyanos nos devuelvan a
Helena con todos sus tesoros. Y si, vencido Paris, Príamo y sus hijos se niegan
a cumplir con esta promesa, me quedaré a combatir por ella hasta que termine la
guerra.
Después
de ofrecer sacrificios a la Tierra, al Sol y a Zeus, como preparativos del
combate, Príamo se marchó, pues confió a Zeus y a los demás dioses el destino
de los guerreros. Héctor hijo de Príamo, y el divino Odiseo, midieron el campo,
y echaron dos suertes en un casco de bronce, para ver quién de ambos lanzaría
primero su lanza. La suerte favoreció a Paris.
Armados
debidamente, ambos contendientes se encontraron en el campo preparado.
Blandieron sus lanzas y manifestaron el odio que se tenían. El troyano lanzó
primero su lanza, pero no consiguió atravesar el escudo liso del atrida.
–
¡Zeus soberano!, permíteme castigar a Paris, que me ofendió primero, y hazle
sucumbir a mis manos– invocó
Menelao.
Enseguida
lanzó su lanza Menelao, consiguiendo perforar el escudo. Pero la túnica sólo se
rasgó, pues el troyano con un movimiento escapó de la muerte. El heleno se
lanzó nuevamente contra su enemigo; lo golpeó con su espada en el casco, pero
aquélla se hizo pedazos.
Menelao
volvió a acometer, tomó a Paris de crines del casco y cuando estaba a punto de
ahogarlo, Afrodita, invisible para los ojos de los mortales, vio el peligro de
su protegido y rápidamente cortó la correa del barbiquejo. En segundos, lo
envolvió en una nube y lo condujo a los brazos de Helena.
Menelao
furioso, buscó a Paris entre la muchedumbre, pero éste había desaparecido.
Nadie pudo encontrar al príncipe troyano. Agamenón convencido de la victoria,
proclamó estas palabras a los troyanos, impávidos y desconcertados ante la
desaparición repentina de Paris:
– Escuchen troyanos, ¡Devuelvan a
Helena junto con sus riquezas y paguen una indemnización justa!
Y
aunque los aqueos aplaudieron, ningún troyano hizo caso de su advertencia, pues
no se hubo cumplido lo pactado.