jueves, 21 de marzo de 2013

LA ÍLIADA: RAPSODIA 2


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA II
Al aparecer la duodécima aurora, Tetis subió al cielo y, llorando, abrazó las rodillas de Zeus y pidió venganza para su hijo:
– ¡Próvido Zeus, concédete la victoria a los troyanos, hasta que los helenos den satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores!
El padre de los dioses comprendió la congoja de Tetis y, afligido, buscaba el medio de honrar a Aquiles y causar una matanza entre los argivos. Así creyó que lo mejor sería enviar un sueño engañoso al atrida Agamenón.
– Anda, pernicioso sueño –clamó Zeus, con maldad–, introdúcete en la tienda de Agamenón y ordénale armar a los melenudos aqueos porque ahora podrá tomar Troya.
Y así partió el sueño a cumplir el mandato, y encontró al rey en su tienda dormido. La inspiración de Zeus se posó sobre la cabeza del atrida y tomó la forma de Néstor, el anciano a quien aquél más honraba.
El maligno sueño habló así:
– No debes dormir toda la noche, pues Zeus se compadece de ti. Anima a tu ejército y toma Troya. La voluntad del Crónida está de tu lado. ¡Anda, no tengas miedo!
Cuando el atrida despertó, aún sonaban las palabras del sueño en sus oídos. Rápidamente se vistió con su túnica fina, la más hermosa, calzó sus pies y se encaminó hacia las naves de los aqueos para celebrar un consejo junto a las naves de Néstor.
– ¡Escuchen, amigos! –les dijo a los hombres allí reunidos–, dormía durante la noche, cuando se me acercó un sueño divino y se posó sobre mi cabeza. Tú, sabio Néstor, me indicaste que no esperemos tanto tiempo para tomar Troya. ¡El poderoso Zeus, dijiste, está de nuestro lado!
El anciano creyó sus palabras y fue el primero en incitar a los griegos para que se levantaran en armas.
– Si algún otro aqueo nos contara lo sucedido –dijo convencido el anciano–, lo creeríamos falso, pero lo ha dicho quien se gloria de ser el más poderoso de los argivos.
–Pero, ¿Quién nos asegura que el sueño se va a cumplir? ¿No será, quizá, un engaño de los dioses? –se mostraron desconfiados algunos helenos.
Sin embargo, Agamenón no quería regresar a Grecia después de haber perdido tantos hombres, y con firmeza los arengó:
– ¡Si quieren regresar, háganlo! ¿Qué no tienen valor para atacar a los troyanos?
La muchedumbre no cesaba en su malestar y desconfianza, por lo que su ánimo estaba a punto de hacerla abandonar la guerra. Entonces, de entre los griegos, Odiseo, rey de Itaca, conminó a los hombres a consumar valientemente la toma de Troya:
            – ¡No es digno que tiemblen como cobardes! ¡Alto, regresen a sus naves! ¡Tengan paciencia, la victoria está más cerca que nunca! Entonces todos regresaron a sus tiendas con nuevos ánimos de continuar la travesía.
Después, se ofreció un sacrificio a Zeus y se reunieron todos los reyes y jefes. Como un enjambre de moscas, todos al unísono se prepararon para la batalla. La tierra tembló y se estremeció ante el avance de los aqueos, quienes en la orilla del mar dejaron sus embarcaciones y subieron a sus carros de guerra. Iris, la mensajera de Zeus, llegó hasta Príamo, rey de Troya, bajo la forma de su hijo Polites y le advirtió del grave peligro:
– ¡Oh anciano!, he estado muchas batallas, pero nunca vi un ejército tan numeroso como el que han formado los aqueos. ¡Ten cuidado, vienen hacia acá!
Comandados por Héctor, los troyanos se agruparon sobre una colina para esperar a sus adversarios. Y prestos para el combate, los raptores de Helena avanzaron sobre la llanura chillando como pájaros.
Al frente de ellos, junto a Héctor, marchaba Paris, semejante a un dios, con una piel de leopardo sobre los hombros. Empuñaba su arco, su espada y dos lanzas de punta de bronce. El hermoso hombre desafiaba a los argivos con arrogancia. Los aqueos llenos de furia y osadía, velozmente se acercaron a sus adversarios.
Menelao, el esposo de Helena, vio a Paris acercarse. Como león hambriento que ha encontrado a un ciervo o una cabra montés, el esposo agraviado saltó hasta enfrente de las filas sin dejar de empuñar sus armas. La hora de la venganza había llegado. Pero repentinamente, Paris, al observar a su enemigo, temeroso y pálido retrocedió hasta perderse entre los combatientes de la retaguardia.
Al advertir la cobardía de aquél, Héctor lo reprendió con injuriosas palabras:
– ¡Eres un miserable, Paris! ¡Eres la vergüenza de los troyanos! Los aqueos se ríen de haberte considerado como un arrogante campeón, por tu bella figura, cuando no tienes valor de enfrentarlos. Tuviste la audacia de raptar a Helena, esposa de Menelao, y con ello trajiste la desgracia y la tragedia a tu pueblo. ¡Y ahora te escondes y huyes como un cobarde!
– Tu corazón es duro e inflexible– le contestó Paris, irritado–, pero nunca huiré de Menelao. No me reproches los dones que me ha dado la diosa de la belleza, Afrodita. Detén a todos los combatientes y déjenme solo, en medio del campo de batalla, con Menelao. El que venza se llevará a su tierra mujer y tesoro.
Héctor se alegró de la decisión de Paris, y con voz firme convenció a troyanos y griegos de deponer las armas. Agamenón detuvo a sus arqueros después de escuchar atento el desafío.
Ahora también escúchenme a mí– reviró Menelao–, mi corazón está lleno de amargura por la insolencia de Paris. ¡Por los dioses que acepto el duelo! Mi pueblo ha sufrido grandes bajas por la defensa de mi causa y por el malvado Paris, que la promovió. ¡Combatamos hasta la muerte, que muerda el polvo quien así lo merezca!
Luego de escuchar a Menelao, los aqueos y los troyanos, con la esperanza de que con este acto terminaría la guerra, bajaron de sus corceles y, dejando la armadura en el suelo, se sentaron frente a frente muy cerca los unos de los otros. En medio quedó una pequeña franja de tierra donde Menelao y Paris iban a combatir. Iris llegó hasta la exuberante Helena, que estaba en su palacio tejiendo un manto de púrpura, y le confió:
– ¡Ven, querida, sígueme! Paris y Menelao lucharán por ti. Cruzarán sus lanzas, y quien resulte vencedor te llamará esposa.
Cuando terminó Iris de hablar, Helena sintió en su corazón el dulce deseo de su anterior marido. Suspiró por su patria y sus padres, se cubrió de un blanco velo y derramó tiernas lágrimas. Después, salió de su estancia acompañada de sus doncellas, y pronto llegó al lugar donde se derramaría la sangre de los valientes héroes.
Al verla, Príamo le gritó:
– ¡Acércate, hija querida! Siéntate a mi lado, contempla a tu anterior marido y a sus parientes y amigos. Pero dime: ¿Quién es ese gallardo y alto hombre? He visto otros de mayor estatura, pero nunca he visto a un hombre tan hermoso y venerable como éste.
Helena suspiró, y tratando de contener las lágrimas, observó:
Es el poderoso Agamenón, esforzado combatiente, cuñado de esta desvergonzada– y rompió en profundo llanto.
Luego, el anciano se fijó en Odiseo y la volvió a cuestionar:
– Dime también, ¿quién es aquel de menor estatura que Agamenón, pero ancho de espaldas y de pecho?
– ¿Aquél, dices tú? – Lo reconoció Helena, quien se limpiaba las lágrimas–. Es el ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, que se crió en tierras de Itaca. Es tan hábil en urdir engaños de toda especie, como prudente consejero…
Y el anciano inquirió por tercera ocasión, al reparar la vista en Áyax:
¿Y ese otro griego gallardo, de noble gesto, que sobresale por su altura y anchas espaldas?
Ese es Áyax– contestó Helena–, el muro de los aqueos.
En el campo de batalla, el atrida Agamenón levantó las manos y oró en voz alta:
¡Padre Zeus, tú que todo lo ves, sé testigo y vela por este juramento! Si Paris mata a Menelao, que Helena sea suya con todas las riquezas, y nosotros regresaremos a nuestras embarcaciones. Pero si Menelao cruza con su lanza a Paris, que los troyanos nos devuelvan a Helena con todos sus tesoros. Y si, vencido Paris, Príamo y sus hijos se niegan a cumplir con esta promesa, me quedaré a combatir por ella hasta que termine la guerra.
Después de ofrecer sacrificios a la Tierra, al Sol y a Zeus, como preparativos del combate, Príamo se marchó, pues confió a Zeus y a los demás dioses el destino de los guerreros. Héctor hijo de Príamo, y el divino Odiseo, midieron el campo, y echaron dos suertes en un casco de bronce, para ver quién de ambos lanzaría primero su lanza. La suerte favoreció a Paris.
 Armados debidamente, ambos contendientes se encontraron en el campo preparado. Blandieron sus lanzas y manifestaron el odio que se tenían. El troyano lanzó primero su lanza, pero no consiguió atravesar el escudo liso del atrida.
– ¡Zeus soberano!, permíteme castigar a Paris, que me ofendió primero, y hazle sucumbir a mis manos– invocó Menelao.
Enseguida lanzó su lanza Menelao, consiguiendo perforar el escudo. Pero la túnica sólo se rasgó, pues el troyano con un movimiento escapó de la muerte. El heleno se lanzó nuevamente contra su enemigo; lo golpeó con su espada en el casco, pero aquélla se hizo pedazos.
Menelao volvió a acometer, tomó a Paris de crines del casco y cuando estaba a punto de ahogarlo, Afrodita, invisible para los ojos de los mortales, vio el peligro de su protegido y rápidamente cortó la correa del barbiquejo. En segundos, lo envolvió en una nube y lo condujo a los brazos de Helena.
Menelao furioso, buscó a Paris entre la muchedumbre, pero éste había desaparecido. Nadie pudo encontrar al príncipe troyano. Agamenón convencido de la victoria, proclamó estas palabras a los troyanos, impávidos y desconcertados ante la desaparición repentina de Paris:
– Escuchen troyanos, ¡Devuelvan a Helena junto con sus riquezas y paguen una indemnización justa!
Y aunque los aqueos aplaudieron, ningún troyano hizo caso de su advertencia, pues no se hubo cumplido lo pactado.

jueves, 14 de marzo de 2013

RAPSODIA 1

LA ILIADA
AUTOR: HOMERO
RAPSODIA I
Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, fue raptada y hecha prisionera por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Ante el ultraje, Menelao pidió ayuda a su hermano Agamenón, quien convocó a todos los reyes y príncipes de Grecia para ir al rescate de su cuñada, quien se encontraba encerrada en la ciudad amurallada de Troya.
Entre estos héroes de variada estirpe estaba el más valiente y valeroso de los griegos: Aquiles, el delos pies ligeros, hijo de Tetis y Peleo. Los troyanos le temían porque sabían que era invulnerable y no conocían su pequeña debilidad: si lograban atacarlo por la parte posterior del pie, en el talón, podían matarlo.
Pero la soberbia y la codicia de Agamenón hicieron que Aquiles se retirara rápidamente de la contienda. En un asalto a la ciudad de Tebas, Agamenón raptó a Criseida, lo que hizo que Apolo suscitara una terrible peste en el ejército griego y Aquiles se inconformara.
Crises el padre de la cautiva, se presentó ante el campamento de los griegos, que estaba muy cerca de la ciudad de Troya y a orillas del mar, para redimir a su hija:
–¡Atridas y demás hombres, que los dioses que poseen olímpicos palacios les permitan destruir la ciudad de Troya, pongan en libertad a mi hija y reciban a cambio este inmenso rescate!
Aunque los aqueos y Aquiles estuvieron conformes, el atrida no lo estuvo y despidió a Crises con palabras altaneras. Ante la grosería, el sacerdote, enojado, invocó a Apolo:
– ¡Oh, dios del arco de plata!, castiga con tus flechas a los griegos insolentes y crueles, ya que no han querido devolverme a mi hija adorada…
Desde el Olimpo, el dios de la luz, la música y la profecía escuchó su plegaria y bajó irritado cargando su carcaj lleno de flechas y su arco. Ya en la tierra comenzó a tirar sus saetas, y aunque primero mató perros y mulos, los hombres fueron cayendo muertos rápidamente.
–Agamenón, hijo de Atreo, ahora tendremos que regresar si escapamos a la muerte, pues van a aunarse peste y guerra para acabar con nosotros. Entrega esa joven al dios y te pagaremos el triple si Zeus nos permite tomar Troya –dijo Aquiles ante la amenaza creciente de las bajas aqueas.
– ¡Huye tú –respondió, altanero, Agamenón –, vete si quieres!, pero prepáreme otro botín para no ser el único griego sin recompensa. Me eres odioso y no me importa tu irritación. Y puesto que Apolo me quita a Criseida, me llevaré a Briseida, tu cautiva y enamorada. Así sabrás qué tan poderoso soy…
Aquiles se enfureció tanto, que desvainó su gran espada que llevaba junto al muslo y amenazó al atrida. Pero al verlo, Atenea bajó del Olimpo para contener su furia y apaciguar su cólera.
– ¡Detente, hombre prudente y de razón!, le gritó la diosa. Al verla, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo atormentado:
– ¿Por qué, hija de Zeus, has venido a presenciar el ultraje que me infiere Agamenón, hijo de Atreo? Por su insolencia perderá muy pronto la vida…
La diosa de brillantes ojos lo consoló con estas palabras:
            – He venido apaciguar tu ira. Me ha enviado Hera, esposa de Zeus, la diosa de níveos brazos que ama a ambos y se preocupa por ustedes. Ea, los dioses te pagarán con creces, deja la espada y termina ya con la disputa.
Aquiles, más tranquilo, pero aún enardecido de dolor, obedeció y volvió a enfundar su espada:
– Aceptaré tu consejo. Aunque el corazón esté muy irritado, obrar así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.
Luego, Aquiles arrojó al suelo su cetro, y mientras se sentaba en el suelo, se dirigió al atrida:
            – ¡Insolente!, ¡algún día los griegos y tú, afligidos, extrañarán mi espada cuando se enfrenten a Héctor, matador de hombres! Entonces te arrepentirás de haber deshonrado al rey de los aqueos.
Así se expresó el hijo de Tetis y después sin mediar palabra se retiró a su campamento. Lo mismo hizo Agamenón, quien indignado, terminó por aceptar la recomendación.
El atrida decidió escoger veinte remeros para conducir la nave que volvería a Criseida. Odiseo, el rey de Ítaca, el más astuto y prudente de los aqueos, dirigió la expedición. En la nave también iban las reses del sacrificio para calmar la ira de Apolo.
Poco después, Agamenón, que no había olvidado la ofensa de Aquiles frente a sus soldados, llamó a dos de sus heraldos y servidores, y les ordenó:
– ¡Vayan a la tienda de Aquiles y traigan ante mí a Briseida, la cautiva de Aquiles!, si se negara iré yo con mi ejército a buscarla…
Los heraldos se encaminaron por la orilla del mar y, después de recorrer el campamento griego, se presentaron ante el cuartel de los mirmidones, guerreros que dirigía Aquiles, quien al verlos se entristeció.
Y es que Briseida, hija del rey Lirneso, era más que su esclava: era su amada esposa. Ofendido, Aquiles comprendió por qué llegaban los heraldos a su tienda, por lo que ordenó a su amigo Patroclo que sacara a la joven. Después de entregarla a los enviados de Agamenón, entre lamentos el héroe dijo:
– Agamenón tiene el corazón poseído por el furor, y no sabe pensar en el futuro ni en el pasado. Ustedes, heraldos, son testigos de mi conducta ante los dioses, ante los hombres y ante ese rey cruel, por si alguna vez viene a rogarme que lo libre de los peligros que lo amenacen. Me mantendré al margen de la guerra, pues su deshonra ha matado mi ánimo de lucha.
Los hombres de Agamenón parieron de regreso a la tienda de su rey, y la mujer, de mala gana y llena de tristeza, los seguía contra su voluntad. Mientras se marchaban, Aquiles, desconsolado, rompió en llanto, se alejó de sus compañeros y se sentó con los ojos enjugados frente al espumoso mar. Al sentirse solo, levantó los brazos y se dirigió a su madre, Tetis:
– ¡Querida madre, tú que me pariste de vida corta, Zeus debía honrarme y no lo hace de modo alguno! El atrida me ha quitado mi recompensa: mi querida esposa.
Todavía llorando, levantó la vista y frente a él observó a su madre, la diosa de todos los mares, emerger como la niebla del mar. No podía borrar de su mente la imagen de la gentil Briseida.
– ¿Hijo, por qué lloras? – Lo reconfortó su madre –, no me ocultes lo que piensas. ¿Qué pesar te acongoja el alma?
El semidiós contó la causa de su desesperanza y la nereida le prometió:
            – Ya que tu vida será muy breve, tendré que subir al Olimpo y pedirle a Zeus que vengue la afrenta de Agamenón. Dicho lo anterior, partió velozmente.
En tanto, Odiseo arribó a Crisa para entregar a la bella joven a su padre y ofrecer la hecatombe en torno al altar de Apolo. Crises, al ver a su hija entre los suyos, pidió al poderoso dios hacer cesar la peste.
Así, Aquiles cumplió su palabra: desde su barco observaría la guerra sin tomar partido por los griegos. 

LO PRIMERO ES PROPONERSE.

Bienvenidos a todos hoy te invito a formar

LA ILIADA PROLOGO


LA ILÍADA
Autor: Homero
PRÓLOGO
Príamo y Hécuba eran los reyes de Troya y, cuando estaba próximo el nacimiento de su hijo Paris, su madre soñó que en su seno llevaba una antorcha de la que brotaban serpientes. Cuando los adivinos fueron consultados para que interpretaran el sueño de Hécuba, dijeron:
                –El niño que pronto darás a luz será el causante de la ruina de Troya, por lo que debes matarlo cuanto nazca.
Aterrorizado por este vaticinio, Príamo siguió el consejo de agoreros y ordenó a una sierva que lo matase; pero ésta se compadeció del niño y lo dejó abandonado en el monte Ida, donde fue descubierto por unos pastores, quienes se hicieron cargo de él. Paris creció como un pastor más y, al pasar los años, era el joven más bello del reino.
Mientras tanto, en el Olimpo, que es el lugar donde habitan los dioses griegos, estaban celebrándose las bodas de Tetis y Peleo. La única que no había sido invitada al banquete era la diosa Discordia, pues siempre causaba problemas.
Iracunda, la diosa decidió vengarse enviando una manzana de oro con una inscripción que decía: “Para la más hermosa”. De inmediato Hera, Atenea y Afrodita se disputaron la manzana, pues cada una de ellas creía ser la más bella de todas las diosas. Para resolver la cuestión sin entrar en conflicto con ninguna, Zeus ordenó que fuese Paris quien entregara la manzana a la que juzgara más hermosa.
Así pues, una tarde en que Paris se encontraba apacentando sus rebaños, se presentó Hermes acompañado de las tres diosas, y le dijo:
–Zeus me ha mandado para darte mensaje: “sobre ti, que eres el más bello de los mortales, recae el deber de elegir cuál de estas tres diosas es la más hermosa”.
Hera fue la primera en presentarse ante Paris:
–Oh, gallardo Paris, mírame bien. Soy la esposa del poderosísimo Zeus y, como tal, la diosa de las diosas. Si me otorgas la manzana, te prometo que serás dueño y señor de Asia, un país de incalculables tesoros. Ningún otro mortal será tan rico y poderoso como tú.
Después de que Hera hubo terminado de hablar; le tocó el turno a Atenea:
                –Si me concedes el premio a mí, hermosísimo Paris, te haré el más fuerte y el más sabio de todos los hombres. No habrá batalla en la Tierra de la cual no resultes vencedor.
Afrodita, dueña de una espléndida belleza, fue la última en hablar:
                –Yo creo, Paris, que ni la fuerza ni la riqueza te traerán la felicidad. Lo único que puede hacer completamente dichoso a alguien como tú, el ser más bello de la Frigia entera, es el amor de la más bella hermosa de las mujeres. No hay en este mundo belleza comparable a la de Helena. Si me das la manzana, yo te prometo que, en cuanto ella te conozca, caerá rendida de amor a tus pies y abandonará todo por ti.
Paris, embelesado por la perfecta hermosura de la diosa Afrodita, Paris navegó hacia Esparta donde vivía Helena junto a su esposo, el rey Menelao.
En cuanto conoció al gallardo joven, Helena no tuvo ojos más que para él. Olvidó el amor que le tenía a Menelao y a sus hijos, y dejó atrás sus deberes de esposa, de madre y de reina. Era como si hubiese bebido un filtro mágico que hacía que desfalleciera de amor por Paris, y juntos huyeron a Troya.
Cuando Menelao lo supo, se llenó de tristeza y de rabia, y fue a pedirle ayuda a su hermano Agamenón. Al enterarse de la traición de Paris, Agamenón, rey de Argos, montó en cólera y decidió vengar la afrenta marchando sobre Troya al frente de su impotente ejército griego.
Fue así como dio inicio la guerra entre griegos y troyanos, la cual se prolongaría durante diez largos años.