miércoles, 24 de septiembre de 2014

pero no le digas que la quieres

Cuento de Senel Paz: "Pero no le digas que la quieres"
Arnaldo enteró a todo el mundo de que aquella noche yo me acostaría con una mujer. Claro, no les dijo que era Vivian, pero vaya, alguien tuvo que imaginárselo porque en esa escuela nadie es bobo. Entonces aquel día esperé a que todos se bañaran y cuando no faltaba nadie y nadie me iba a apurar, entré a bañarme yo, con toda mi calma. Me restregaba bien duro, jabón una y otra vez, uña, enjuagándome, enjuagándome. Los rusos, ellos son muy buenos, los que nos defienden a nosotros, pero hacen unos jabones muy apestosos. Pensaba que a lo mejor ella me olería aquí, allí, me tocaba, no sé, seguramente me iba a tocar y quería estar bien limpio y oler bien y repasaba mentalmente los lugares donde a mi vez la besaría, donde tenía que besarla, según Arnaldo, para que nunca me olvidara, para que nunca olvidara esta primera vez con un hombre, conmigo, y que cuando sea incluso una viejecita al pensar en mí me tenga en un alto concepto. Entonces Arnaldo me había explicado tres o cuatro cosas que hay que hacerle a las mujeres, y sobre todo me explicó que nunca, por nada de la vida, le dijera que la quería, ni en el momento supremo, porque si una mujer sabe que tú la quieres, mira, ahí mismo te perdiste, te coge la baja y te hace sufrir lo que le dé la gana. Pero aquel día yo cantaba y todo. Me restregué las orejas, por aquí, por allá, me lavé la cabeza con shampoo, tres veces, me froté la espalda, me afeité de lo mejor, me cepillé los dientes y la lengua, ya te digo. Quede que brillaba y tenía una contentura tan grande que me sonreía cada vez que tropezaba conmigo en el espejo y me hacía señitas como si fuera un Charles Chaplin o alguien así porque imagínate, sabía lo que iba a pasar, y era la primera vez, y era con Vivian y, te lo juro, trataba de no pensar en nada, no adelantarme a los acontecimientos y respetarla con la mente. Pero tú sabes cómo es la mente de uno, la mente mía, que a la mente mía tú le dices no pienses esto porque es una falta de respeto y ella te dice: “Sí, sí no lo voy a pensar.” Mentiras, es lo que más piensa. Entonces figúrate, me di cuenta de lo que la mente mía estaba pensando, pero yo quería respetar a Vivian y no quería adelantarme a los acontecimientos. Sin embargo, mi mente, te digo, estaba pensando eso; y el sexo, él solo, se me fue embullando, y lo que hice fue agarrarme fuerte del lavamanos y concentrarme bien e imaginarme un campo de florecitas, bien extenso, muchas florecitas, y se me pasó, y la respeté, porque cuando yo me excito por gusto o en un lugar donde no debe ser, en el aula, vamos a decir, un ejemplo, pienso en florecitas y me da resultado. Pero tienen que ser amarillas.
Entonces aquel día estaba en el baño, te lo dije, muy contento y sintiendo esa emoción que yo siento cuando pienso en Vivian, y otras emociones, y ya había acabado y estaba resplandeciente cuando abrí la puerta, aquel día. Alabao, todo el mundo estaba esperándome, tan calladitos que no los había oído, formados en una doble hilera que iba hasta mi cama, la corte esa que va a despertar a los reyes. “¡Eheeéeeeh!”, me recibieron, aquellos bandidos, y almohadazos y pescozones. Traté de cerrar. “¿Así que te ibas a hacer el hombre sin decírselo a los socios, eh?” “¡A perfumarlo!” Me cargaron en cueros y me subieron a una silla. “¿Le untamos betún en los huevos para que le brille?” “No, caballeros, eso no que se demora” “¿Y pasta de dientes en los sobacos?” Decidieron que no estaría elegante con mi camisa de salir, qué calladito me lo tenía ¿eh?, sino con el pulóver lilita que le trajeron a Jorge de Checoslovaquia, ¿había tomado ostiones, eh? Me echaron como cinco tipos de desodorantes y perfumes, me obligaron a comer un caramelo de menta para que tuviera buen aliento. “Yo no tengo mal aliento, ¿quién dijo eso?” “La menta también sirve para otra cosa, bobito.” Me llevaron hasta el espejo y cuando se cansaron de peinarme opinaron que no había actor de cine mejor tipo, parecía primo de Alain Delon. Revisaron mi cartera y agregaron la contribución de los socios. Estaban burlones, amigos, envidiosos, pero eran como las tres, caballeros, tarde, y me dejaron, aquellos bandidos. Arnaldo me explicó una vez más cómo tenía que hacer para que en el lugar no notaran que era novato, y me deseó suerte, mucha suerte, que cuando regresara lo despertara y le contara, y que no le dijera a Vivian que la quería, mira que a mí se me notaba que podía caer en esa debilidad, que no se lo dijera. Lo dice porque le he contado que cuando nos besamos yo veo chispas, flores, fuegos artificiales, qué sé yo la maraña que se me forma en la cabeza cuando beso a Vivian y me parece que doy vueltas en un tiovivo. “No, jodas, David. Qué chispas ni tiovivos. Lo que tienes es que resoplar como caballo, sacar la lengua, decir puta, yegua y empujar con toda tu alma para que te sienta el bulto. Eso es lo que les gusta.” Yo todavía dudaba, te lo digo. No, a esa hora empecé a dudar más que nunca y a ponerme nervioso. Quería que el tiempo echara para atrás y que no llegara el momento, a esa hora. Me preguntaba si estaba haciendo bien, si hice bien al exigirle esto a Vivian, si era quererla como yo la quería. Pero ya no podía arrepentirme. No había modo. ¿Arnaldo qué pensaría?, ¿Vivian qué pensaría? Y ahora lo sabían los otros. ¿Comprendes que no podía arrepentirme? Al menos que me diera un dolor de estómago muy grande, de apendicitis o algo así, o que empezara a llover de verdad. Pero nada, y me acordé de los flanes, de eso me acordé. A mí no me gustaban estos dulces, o no me gustaban especialmente, pero aquí en la escuela los sirven a menudo y su movimiento suave, su modo de ser erectos, su color, esa manera en que te miran los flanes con ganas de que te los comas, a mí me recuerdan los senos de Vivian, dirías que estoy loco, sus senos son tan lindos que caben en el hueco de mi mano, en un solo beso de mi boca, y me como tres, cuatro, cinco flanes, los cambio por el pescado. Aunque no sé si fue en ese momento que me pasaron los flanes por la cabeza o si fue después, cuando llegué a su albergue, que me salió vestida de negro. Una rubia vestida de negro es lo más lindo que hay. O de verde. Y tampoco podía echarme para atrás porque tenía un compromiso político. Sí. El año pasado me eligieron joven ejemplar, pero no quedé militante de la Juventud porque me faltaba madurez, dijeron, y tenía que trabajar, me dieron un año para que trabajara y adquiriera la madurez, leyera los periódicos y estuviera al tanto de la situación internacional. Y yo hacía todo eso, podía enumerar por continentes los golpes militares y las injusticias cometidas por el imperialismo en el último semestre, hasta que llegó Vivian al aula, que ya te dije cómo me puse. Nadie me había advertido que teníamos una compañera nueva y cuando entré al aula la vi, así de repente. Tuve que sentarme. Había oído decir que las muchachas lindas daban mareos, pero no sabía que era verdad. Y entonces en la asamblea de los ejemplares, muchacho, no alcancé ni nueve votos. Una hora ahí criticándome, diciendo que había perdido condiciones y que cuál era mi opinión porque lo importante era que ya aceptara las críticas, que las interiorizara como dice el compañero de la Juventud, y yo dije que sí, que las aceptaba, que las interiorizaba, pero me fijé en todo el que no votó por mí. Javierito no votó. Después Arnaldo me dijo que guardar reservas era peor, que admitiera que yo no atendía a clases, que el mundo me importaba un pepino y que me pasaba la vida detrás de Vivian. Así, ¿qué militante comunista podía ser? “Aparte de que tú no tienes combatividad, David. Tu oyes a alguien expresando una idea incorrecta y no le sales al paso.” Yo y Arnaldo en un rincón analizando estas cosas. A él lo mandaron a hacer trabajo político conmigo, me di cuenta en seguida, y lo sentía porque lo quiero como a un hermano, pero la tarea le iba a quedar mal, hasta que dijo: “¿Sabes lo que a ti te pasa, compadre? Tu problema con Vivian” “¿Qué problema con Vivian, mi socio? Déjate de esas. Yo no tengo ningún problema con Vivian, para que lleves carta.” Yo no hablo así pero en la escuela hay que hablar así, y atajando a Arnaldo porque sabía por dónde podía venir. “Sí, chico -se suavizó él-, Vivian es una mujer que exige mucho, y las relaciones de ustedes han llegado a un punto, han alcanzado un desarrollo, cómo decirte... Vaya, que se tienen que acostar o más nunca serás militante.” “Párate ahí, ¿de qué clase de mujer crees que estás hablando? Yo la respeto y ella me respeta. Nosotros nos respetamos.” “Vosotros os respetáis, pero debéis acostarse. A mí no me quieras tupir con tu carita de santo y tus poesías. Sí, escribes poesías, pero a la hora de buscar novia te buscaste una con tremendo culo.” “Oye lo que te voy a decir, yo no te permito...” “Tremendo culo bien, tremendo culo. Si te tira un peo en la cara te tumba los dientes.” Arnaldo es así y no se puede discutir con él. “Además -continuó-, éste es un país en peligro. ¡Qué bonito que mañana nos invadan los yanquis y tu caigas en combate así, sin haberla visto!” Lo miré, ese argumento sí era para tenerlo en cuenta. Me tiró el brazo sobre los hombros y echamos a caminar. “¿Tú sabes lo que pasa? Que ahora no es como antes. En el capitalismo cumplías los trece o catorce años y tu papá o un hermano tuyo te llevaba a un prostíbulo y ya, empezabas. Ahora no, porque eso era una lacra social y hubo que eliminarlo, yo estoy de acuerdo. Pero, ¿sabes qué?, que nosotros nos quedamos en el aire. En ésa no pensó nadie. Debieron haber dejado un prostíbulo, uno solito, pedagógico, para los estudiantes, ¿no crees?” Lo miré no muy convencido y tratando de adivinar adónde quería llegar. “Entonces uno se tiene que acostar con las novias, y no hay problemas. El Manifiesto comunista dice que en el socialismo el amor es libre.” “El Manifiesto comunista dice eso? ¿Qué el amor es libre? Voy a leerlo.” “Léelo, léelo, que dice otras cosas, además.” “Con Vivian no se va a acostar más nadie.”
Me quedé pensando en todo esto. La cosa política, quiero decir, y cuando estuve solo juré que, sin dejar de pensar en Vivian, no iba a tener más fallas ni egoísmos en mi comportamiento social. No le juré eso al Che, porque el Che no es un santo ni nada, pero me estaba acordando de él cuando me lo prometí a mí mismo. Claro que no era esto lo que yo pensaba cuando iba a recoger a Vivian aquel día. No. Yo pensaba en ella y la veía como me arreglaba el menudo para que no me siguiera sonando en el bolsillo al caminar. Recordaba nuestras conversaciones, las volvía a conversar, esas interminables conversaciones nuestras en el aula, en los recreos. Gracias a ella sé de memoria el nombre de sus familiares, los cumpleaños, y ella el de los míos, la disposición de su casa, los lunares que tenemos. Nos hemos contado millones de veces cómo están ordenados nuestros albergues, quién duerme en cada litera, si roncan, si comparten la comida, los militantes que consideramos buenos de verdad. Hemos hablado y hablado: del director, de los profesores, de la escuela, de lo que haríamos si de pronto vemos a Fidel. Le he contado casi todo lo que sé de lo que significa ser hombre, cómo es el desarrollo de nosotros, que las tetillas me dolieron como loco a los doce o trece años y que no hay como un golpe en los testículos y ella en los senos, que su primera regla fue a los doce y que el huequito por donde orina es otro. ¿Tú no hablas esas cosas con tu novia? Nosotros sí, y nos escribimos en las últimas páginas de las libretas, de las mías porque con las suyas es muy celosa. Las tienes forradas y sobre cada forro una fotografía del Che. Lo miramos a veces, al Che. “¿Dónde estará ahora?, me pregunta. “En un lugar de América.” Estaba en Bolivia pero no lo sabíamos. “A veces pienso que puede pasarle algo.” “¿Al Che? No, muchacha, no. ¿Tú eres boba? Sus ideales son justos, él lucha por la libertad de los pueblos.” Y mientras conversábamos nos mirábamos de cerquita, a los ojos, su boca tan roja, qué boca tiene Vivian, y nos tomábamos las manos para saber si las teníamos frías, para ver quién las tiene más grandes, y siempre era yo, para estudiarnos las líneas de la vida y de la muerte. Todo eso disimulando, ¿tu entiendes?, porque cuando esto todavía no éramos novios. A ella le gustan Los Beatles y Silvio Rodríguez y a mí sólo Los Beatles; aunque no sé si será correcto porque son americanos o ingleses. Lo que más le gusta de Silvio Rodríguez es que siendo revolucionario anda con melena y la ropa sucia. “Eso es ser hippie, rebelde por gusto, en nuestra sociedad no hay que protestar”, me incomodo a veces, pero ella lo defiende. “¿No comprendes que lo que quiere decir es que nosotros somos como nosotros y que no nos planifiquen tanto las cosas?” ¿Y te acuerdas de aquel día terrible? Le había dicho que teníamos que conversar, teníamos que vernos en el receso. Iba a enamorarla. No podía seguir sin enamorarla y quería encontrar una forma bien original. Arnaldo enamoró a una muchacha jugando a adivinar palabras en una libreta. Le escribió Me gustas, la M y los guiones, y ella lo adivinó; pero Vivian en cuanto comprendió lo que decía no quiso seguir. En una novela leí que una muchacha le dijo al muchacho, ofreciéndole las manos: “Léeme el destino.” Y él le contesto: “Tu destino no está en tus manos sino en las mías.” Oye, qué lindo eso, compadre, ¿por qué no se me ocurrió a mí? Entonces cuando llegamos a la escuela, aquella mañana, todo el mundo estaba formado en el patio central y la gente guardaba silencio como jamás se había logrado en aquel patio, la mañana ésta. La busqué y la miré de lejos, queriéndole decir que en el receso íbamos a hablar aquella cosa tan importante, ¿se acordaba?; pero ella lo que me preguntó con los ojos fue: “¿Qué pasa?, sabes qué pasa?” Y entonces yo también comprendí que pasaba algo. Los profesores estaban bajo los almendros, lo sabían y era terrible. Algunas maestras lloraban. ¿Vendría una invasión americana? El director subió a la tarima y nos miró a todos, atentos a él. Si hubieras visto aquella mirada del director. Ya no quedaban dudas de que algo grave había ocurrido, pero ¿qué era? El director, nervioso, dio unos golpecitos en el micrófono, que funcionaba perfectamente y no necesitaba que nadie lo golpeara, y es que no podía, no le salían las palabras y nos miraba, hasta que finalmente lo dijo de un tirón: “Mataron al Che en Bolivia. Iremos a la Plaza a una velada solemne, la mayor disciplina, vayan para las aulas.” Así dijo, Vivian se recostó a mi hombro, Oí que lloraba. “Sabía que eso podía pasar uno día”, dijo, y nos fuimos hacia el aula, sintiéndonos mal, viendo la mirada del Che en todas partes, su sonrisa, cuando dice en el imperialismo no se puede confiar ni un tantico así, como si camináramos bajo un cielo de imágenes del Che y en cada hoja de los almendros hubiera imágenes suyas y una lluvia. María se nos unió. “¡Ay Vivian, ay Davisito!”, dijo, y los tres nos fuimos abrazados. Qué tristeza sus libretas. Quitó los forros y los guardó en silencio. Finalmente dijo que no lo creía, no lo creía de ninguna manera porque no, no podía ser. “Ojalá, Vivian, pero figúrate, ¿estás loca?” De todos modos nos quedamos con algún pedacito de ilusión, hasta que estuvimos en la Plaza, todos en la Plaza, y el Fidel más triste del mundo dijo que sí, que al Che lo habían matado en Bolivia pero que nosotros no podíamos morirnos por eso ni por nada, y regresamos a la escuela, ella y yo tomados de la mano, no porque fuéramos novios, no, sino para ayudarnos. Y no la enamoré esa semana, creo que tampoco lo otra, no me acuerdo. Y no por nada, se me quitaron los deseos...
Pero bueno, aquel otro día tenía puesto el vestido negro que te dije fuimos al cine y cuando salimos del Payret qué linda estaba la noche. Había llovido y había luces y colores y ¿mucha gente y humedad y caminaba a mi lado apretada contra mí, con el pelo suelto. “¿Por qué vamos tan de prisa? ¿Qué te pareció la película? Vamos a comentarla.” Y empezó a decir su parecer, el enfoque social no se qué cosa. Yo ni la oía ni había visto la película y el corazón se me quería salir porque en el cine, imagínate, se me ocurrió acordarme de que hay parejas, dicen, que la primera vez no pueden: ella coge miedo, tiene unas hemorragias tremendas y hay que llamar a la ambulancia o él no reacciona porque se pone nervioso, los nervios no lo dejan. Si mis nervios me hacen eso los mato. Y le dije: “No vamos para la escuela.” “¿Y para dónde vamos?” “A un lugar.” No le había explicado nada más desde que hablamos. “Es aquí” Entramos a un edificio, rápido, hablé con un hombre, rápido, pasamos puertas, pasamos puertas, pasamos puertas, la llave no quería abrir, no quería abrir, abrió y entramos... Me quedé contra la pared, oyéndome el corazón. La luz estaba encendida y Vivian avanzó dos o tres pasos, se detuvo, cambió la cartera de mano, así como cambia ella la cartera de mano. El cuarto era alto y feo, horrible, para qué te cuento. Había un escaparate pequeño, sin puertas y con percheros de alambre todos jorobados. Sobre una mesa despintada, una palangana con agua, una jarra de aluminio, dos vasitos soviéticos, papel sanitario y jaboncitos de olor. La luz amarillenta proyectaba las figuras contra las paredes, en las que había dibujos y palabras groseras. Ella fue hasta la ventana, que estaba abierta, y leí sobre su cabeza, pero lejísimos, ocultándose un poco en su pelo, ese letrero rojo que dice Revolución es construir y que está sobre algún edificio de la Habana. Lo leía como cinco veces y no me atrevía a hablar. En la ventana también estaba la luna y eso y unos celajes que le pasaban por delante. Era lindo, no pude dejar de fijarme, y de repente me calmé un poco. Yo sé que nosotros ya no tenemos que mirar la luna, que eso es ser romántico y dulzón, esta parte yo no se la cuento a Arnaldo, pero se veía lindo, tú, te lo juro, y Vivian se volvió, lentamente. Qué impresión me hizo. Como nunca. Cierro los ojos y la veo. Qué linda estaba, tú, qué linda. Estoy tan enamorado de ella que me da vergüenza, si no te lo contaba: los dolorcitos en el corazón, las cosas que hago. Me preguntó con una voz terrible: “¿Esto es una posada, verdad?” Iba a responder que no, a decirle que era un hotel malo, de segunda, pero le dije la verdad. “Sí.” Un sí
chiquitico. Me dio la espalda. “Es lo que dice mamá: yo soy mala, en mí no se puede confiar: Ella creyéndome muy tranquila en la escuela y yo en una posada, con mi novio.” Me fui acercando, no sabía qué decir, qué hacer, imagínate, tenía razón, para uno no es lo mismo, si yo le digo a mi mamá que estoy en una posada con una mujer se pone contentísima, y empecé a sentirme mal, a arrepentirme de haberla llevado, a comprender su situación. Menos mal que me acordé de lo que dice Arnaldo, que a las mujeres no se les puede coger lástima porque ni a ellas mismas les gusta eso. Se viró, tú, con los ojos muy abiertos. “¿No tenías otro lugar adonde llevarme?” No tenía, no, ¿qué sabía yo de esos lugares?, yo también era la primera vez. Me dolió que me hablara así, que no me comprendiera, y me sentí peor. “Si tú quieres -le dije-, si no te gusta el lugar, nos vamos y no me pongo bravo ni nada.” Y la abracé, para ayudarla a no estar sola, a no sentirse culpable ella sola, en todo caso el culpable era yo, ¿no?, y para decirle que sí, estaba allí pero con un hombre que, bueno, la quería tanto, era el hombre de su vida, y entonces el lugar no tenía esa importancia. También ella me abrazó y me quería y quedé frente a la ventana abierta y leí de nuevo el letrero de Revolución es construir. “No nos pongamos nerviosos -dijo- , sólo que es una pena que tengamos que hacerlo en un cuarto tan feo.” De verdad, tú, esos lugares debían ser más lindos, y no que uno siente que está haciendo algo malo. Luego apagó la luz, a las mujeres les gusta la luz apagada, y se fue desvistiendo. Qué lindo se quitó la ropa, no te figuras, y se sentó al borde de la cama. La claridad que entraba por la ventana, de la luna y eso, la iluminaba. Me quité el pulóver. Oí como el pulóver cayó al piso y me sentí satisfecho de haberme puesto el pantalón negro, no el otro, porque la portañuela del negro es de ziper, y me gustó tanto el ruido del ziper, me sentí tan varón al descorrerlo delante de una mujer y saber que también ella lo había escuchado, y al pantalón que bajaba por mis muslos, salía de mis piernas, caía al piso y estábamos ambos desnudos, sin mirarnos, un poco amarillentos por la luz, un poco rojos, sin saber mucho qué hacer. Temíamos que en ese momento se abriera la puerta y aparecieran el director de la escuela, su mamá, el Ministro de Educación, escandalizados, y la mamá gritara: “Ay, Dios Santo, Virgen del Cielo, Gran Poder de Dios, lo que está haciendo mi hija. Si el padre la agarra la mata.” Te lo juro. Esperamos, esperamos y no apareció nadie. Me acerqué, nos abrazamos como por primera vez en el mundo, y fuimos dejándonos caer sobre las sábanas. Empezamos a deshacer torpezas, a adivinar, a dejarnos llevar por una brisa que soplaba, fuerte olor a mar. El instinto nos guiaba y no nos pareció que estábamos suficientemente abrazados hasta que aparecieron las flores. Había flores húmedas en todo el cuarto: acolchonaban el piso y la cama, pendían del techo, sobresalían del descanso de la ventana. Pusimos atención y nos llegaron los pequeños ruiditos del amor: un río lejano, caracoles, dos hojas, y estaban también nuestros cuerpos, su piel y la mía, nuestros labios y manos y ojos y pelo. Nos estábamos bebiendo tanto que vimos lo mismo: dos niños que corrían un amanecer, cuesta arriba, por un prado de brillantes girasoles. Iban asustando mariposas. Ella llevaba una sombrilla, él una espada y un tambor, los dos vestidos de blanco y tomados de la mano. Cuando comenzó la lluvia se lanzaron sobre los girasoles, pero no se hundieron, quedaron flotando y comenzaron a girar, perseguidos por las mariposas, abrazados y como si los arrastrara una corriente, hasta quedar varados entre raíces de un árbol, y ella vio que él se erguía, levantaba la espada, que brilló en lo alto, destellos azulados, y sintió que la mataba y que la corriente se los llevaba de nuevo, se los llevaba, hasta un remolino, y mientras descendían entre hojas y limos iban viendo y pronunciando todas las palabras: pomarrosa, hojarasca, arena, zaguán, obelisco, conejo, palmarreal, jícara, almidón, paloma... y cuando la última palabra posible se desprendió y se perdió estaban tendidos bajo el mismo árbol, abandonados allí por la resaca, y de las ramas colgaban hilachas de luz, y nosotros dos, Vivian y yo, nos moríamos en otra parte, o allí mismo, muy lejos o muy cerca, y en el último instante vimos sentimos que los niños se incorporaban y se alejaban, tomados de la mano. Olvidaban la sombrilla y el tambor. Pasaron sobre nosotros, ella le dijo algo a Vivian, alto porque ya iban distantes, y él me dijo a mí, o cantaban, contentos, diciéndonos adiós, sin volver al rostro, felices y cada vez más lejos, más lejos, hasta que se perdieron, se perdieron… Y nosotros Vivian y yo, poco a poco fuimos resucitando. Nos volvieron las palabras, la respiración, y me moví sobre ella, que sonrió, ya sin fuerza para mantener las manos en mi pelo. Me incorporé, algo, y no entendí lo que sentía: una música lejana, un aleteo en el pecho. Me incorporé, aún más, mire en derredor, allí, vi el pelo de Vivian desparramado en la almohada, su sonrisa, los senos, los ojos abiertos pero cerrados, de los que goteaba un brillo, y aunque me acordé de Arnaldo no pude y se lo dije. Te quiero, le dije, me abracé de nuevo a su cuerpo, y una bandada enorme de pájaros levantó el vuelo en mi mente, como una estampida.
FIN


viernes, 30 de agosto de 2013

RAPSODIA IV

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA IV
Ya sin la ayuda divina, troyanos y griegos se enfrentaron solos en una horrenda batalla. Los aqueos tomaban la delantera y Néstor animaba a los suyos.
Fue entonces cuando Heleno, el mejor de los augures troyanos, se dirigió a su hermano Héctor y a Eneas exhortándolos a mantener la moral troyana en alto.
–Héctor– dijo Heleno–, ve a la ciudad y di a nuestra madre que llame a las venerables matronas, para que vayan con ella al templo dedicado a Atenea, emperatriz de las batallas en acrópolis, y llévenle ofrendas agradables; luego ofrécele doce novillas de un año de edad para que domine al feroz Diomedes.
El príncipe troyano llegó al palacio magnífico de Príamo, le salió al encuentro su madre, quien tomándole la mano le dijo:
– ¡Hijo!, ¿por qué has regresado, dejando el áspero combate? Seguramente irás a la acrópolis a ofrendar al poderoso Zeus…
– No, madre mía– le respondió Héctor–, he venido a decirte que le lleves ofrendas a la diosa Atenea y sacrifiques en su honor doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, para que aparte de la ciudad de Ilión al hijo de Tideo.
Y la madre cumplió la ofrenda como lo sugirió su hijo, pero la diosa de hermosa cabellera no accedió a los ruegos de los troyanos.
Héctor se encaminó de nueva cuenta al palacio de Príamo, y ahí se encontró a Paris y a Helena, con quienes cambio estas palabras:
– ¡Eres un desgraciado, Paris! Mientras tus hombres perecen combatiendo al pie de los latos muros de la ciudad, tú, desinteresado, te recreas en la ociosidad. ¡Regresa al combate si desprecias a los griegos!
– ¿Qué dices? Si ya preparo mis armas– contestó el hermoso Paris–. En este momento, mi esposa amada me exhortaba a regresar a la lid. Contigo iré, pues nada me detiene.
La bella entre las bellas también se dirigió, angustiada, a su cuñado:
– Ojalá hubiera muerto al nacer, y ya que los dioses determinaron estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los reproches de los hombres.
Luego de la respuesta de la cautiva, Héctor, con voz firme le contestó:
– ¡Anima a este hombre a que luche!; mientras, yo voy a mi casa y veré a mi querida esposa y a mi pequeño vástago.
Héctor se fue y llegó enseguida a su palacio, mas no encontró a la dueña de sus suspiros, Andrómaca, ni a su hijo. Extrañado, se detuvo en el umbral y preguntó a las esclavas:
– ¡Esclavas! ¿Dónde está Andrómaca, y mi hijo? ¿Fue quizá a visitar a mis hermanas o a mis cuñadas? ¿O quizá está en el templo de Atenea?
Ellas le contestaron:
– No, ella subió a la gran torre de Ilión cuando escuchó que los troyanos retrocedían ante el ímpetu de los griegos. Te busca, sin saber de tu suerte.
El héroe se dirigió a toda prisa al lugar indicado, y luego de buscar, encontró a su esposa, quien corrió a su encuentro. Detrás la seguía de cerca la nodriza que amamantaba al infante.
En silencio, Héctor miró a su hijo, lo acarició y besó la mano de su esposa. Andrómaca, con los ojos enjugados, le dijo:
– ¡Desdichado! Tu valor te perderá. ¿Qué no tienes compasión de tu hijo y de tu esposa? Sería preferible que al perderte la tierra me tragara. Para mí sería mejor, si vivo privada de tu presencia. Héctor, tú eres todo en mi mundo: mi padre, mi madre, mi hermano; tú, mi floreciente esposo.
– Todo eso me preocupa, mujer– contestó el gran Héctor–, pero me avergonzaría ante los troyanos si huyera del combate. Mi corazón me incita a la lucha. Sé que llegara el día en que caiga la ciudad de Troya, por eso primero he de morir antes de observarte vejada por los aqueos.
Después, el hermano de Paris tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza. Le asustaba el bronce y el penacho de crines de su padre. La pareja olvidó por unos momentos los horrores de la guerra y sonrió brevemente.
El guerrero se despojó de su indumentaria, cogió a su pequeño hijo y lo besó. Entonces, alzando la vista, se dirigió a los dioses:
– ¡Oh, Zeus y demás dioses! Concédame que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos y muy esforzado; que reine en Ilión y que todos lo aclamen después del combate, y que digan que es mucho más valiente que su padre.
Posteriormente, llevó al niño con su madre y se volvió a colocar el yelmo adornado con crines. Subió a su carro y mientras se alejaba volvió la cabeza para dar el último adiós a su esposa.
Paris, que no había demorado mucho, se encontró con Héctor cuando éste regresaba.
– Eres valiente– le dijo Héctor–, pero en ocasiones te abandonas y no deseas pelear, y mi corazón se aflige cuando escucho murmurar a los troyanos, siendo tú la causa de sus penas. Vamos, pues, y esperemos el favor de Zeus para ganar.
Los dos hermanos se lanzaron a una lucha sin cuartel y dieron muerte a numerosos guerreros enemigos, pero cuando Atenea, la diosa de brillosos ojos, vio que aquéllos mataban a muchos aqueos, descendió desde las cumbres del Olimpo para ayudarlos.
Al advertirlo, Apolo le expresó a la diosa:
– ¿Por qué enardecida nuevamente, oh, hija del gran Zeus, acaso quieres dar a los indecisos griegos la victoria? Si lo deseas suspenderemos hoy las hostilidades.
Atenea, enojada le respondió:
– ¿Pero por qué has querido suspender la batalla?
Apolo le reveló su intención de que Héctor retase a los griegos más valientes a un duelo singular. Y así lo hizo. El príncipe, esposo de Andrómaca, guiado por Apolo, detuvo la lucha de ambos ejércitos y se dirigió a sus contrincantes:
– ¡Aqueos, si su guerrero más valiente logra vencerme con su lanza, despójenme de mis armas y entreguen mi cuerpo a los míos para ser quemado en la pira; pero si el vencedor soy yo, me llevaré sus armas a Ilión, las colgaré en el templo de Apolo y les enviaré el cadáver para que le rindan tributo!  
Los aguerridos griegos guardaron silencio, y ante la vergüenza de no aceptar el desafío, Menelao se indignó ante tanta cobardía y se ofreció a luchar contra el caudillo troyano.
– ¡Yo lucharé contra ti! – y dio un paso delante de los demás soldados.
Pero el mismo Agamenón lo tomó de un brazo y le discutió:
            – ¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tanta locura. Aquiles mismo sentiría terror ante Héctor.
Pero nadie más se ofreció como voluntario. Así que Néstor increpó a los argivos y nueve de entre ellos se levantaron para responder al reto.
Acordaron echar suertes y Ayax, rey de Salamina, resultó electo. Todos los helenos se mostraron complacidos y, una vez armado, el príncipe salió al campo.
– Héctor, ahora conocerás el poder de los aqueos, aunque la fuerza de Aquiles no nos acompañe. Somos muchos los capaces de pelear contra ti. ¡Empiece ya la lucha! – lo retó Ayax.
Los contendientes se arremetieron como leones carniceros. Héctor lanzó primero su enorme lanza y atravesó con ella el escudo de cuero y bronce de su rival.
Pero Ayax respondió tirándole una piedra en el escudo; luego lo hirió levemente en el cuello. Más no por eso dejó de combatir Héctor, quien tomó otra roca y la aventó sobre el escudo del aqueo.
Cuando llegó la noche, la batalla continuaba sin que hubiera vencedor alguno. Ambos héroes acordaron suspender las hostilidades hasta el día siguiente; mientras, se retiraron como amigos haciéndose mutuamente magníficos regalos.
Reunidos todos los reyes griegos, decidieron recoger los cadáveres de sus muertos y quemarlos en una inmensa pira.
Entretanto, los troyanos pensaron devolver a la hermosa Helena, pero Paris se opuso:
            – ¡No devolveré a mi esposa!; pero si lo desean puedo darles las riquezas que traje de Argos, hasta añadiré mi palacio.
Los griegos, en boca de Menelao, rechazaron la oferta:
– No se aceptan las riquezas de Paris ni a Helena tampoco; pues es evidente que la ruina acecha a los troyanos. ¡Que no decaiga el ánimo, continuemos la gesta!


RAPSODIA III

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA III
Luego de la batalla sin victoria para ninguno de los dos bandos, los dioses se reunieron en consejo. Zeus, con intención de incomodar a su esposa Hera, hablo así:
– Son dos las diosas que protegen a Menelao, Hera y Atenea, pero lo observan desde lejos; en cambio, Afrodita acompaña a Paris y lo libra de la muerte. Ahora tenemos que decidir el futuro: promovemos el combate o reconciliamos a ambos pueblos.
Hera, llena de ira en el pecho, hizo un pacto con su esposo:
– Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, destrúyelas cuando lo desees, poderoso Zeus, pero manda a Atenea al campo de batalla y los troyanos provoquen a los griegos violando así el juramento de paz.
Así lo hizo Zeus y Atenea cumplió con lo acordado. La diosa se inmiscuyó con forma de valiente guerrero entre los troyanos y encontró a Pándaro, valeroso combatiente de la causa troyana.
– Dispara con una flecha contra el osado Menelao, los tuyos te lo agradecerán. Te colmaré de regalos y gloria– lo incitó la diosa.
Estimulado con estas palabras, Pándaro cogió su arco bien pulido, buscó una flecha nueva, la colocó en su arma y tiró directo al pecho de Menelao.
Pero Atenea de su preciado protegido y desvió la flecha, que se clavó en el cinturón del rey, hiriéndolo levemente. Agamenón al observar a su hermano bañado en sangre, conminó entre suspiros a los aqueos:
– ¡A la guerra, valerosos griegos! Así quebrantaban los juramentos de paz los troyanos, pero Zeus los castigará con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos.
Los soldados helenos se agruparon, y con sed de venganza comenzaron a avanzar como el viento; y cuando estuvieron frente a los troyanos la tierra se tiño de sangre, se cruzaron las lanzas y se juntaron los escudos. Muchos héroes perecieron en la batalla; unos junto a otros quedaron de bruces en el polvo.
– ¡Adelante troyanos– gritó Apolo desde una colina–, no cedan ante los griegos! Sus cuerpos no son de piedra ni de hierro. Además, recuerden, Aquiles, hijo de Tetis, no se encuentra en las filas de avanzada.
Pero los aqueos fueron apoyados por Atenea, quien recorrió el campo animado a los suyos. La diosa infundió a Diomedes valor y audacia para que brillara en el campo de batalla, pues hizo salir de su casco y escudo una incesante luz; tal era el resplandor que despedían la cabeza y los hombros del héroe griego, que los enemigos se sobresaltaron.
Inspirado por la diosa, Diomedes venció a muchos. Atenea entonces tomó la mano de Ares y le dijo:
– ¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! Dejemos que los troyanos y aqueos peleen solos, que sea Zeus quien decida sus destinos.
Con lo anterior los griegos arremetieron contra los troyanos y cada jefe mató, cuando menos, a un enemigo importante.
Pero Pándaro, que observaba cómo peleaba Diomedes contra las tropas de Ilión, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho. El teucro, hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz aguda:
– ¡Arremetan, teucros: herido está el más fuerte de los aqueos, y no creo que pueda resistir el poder de mis saetas!
Pero la veloz flecha no postró al valeroso Diomedes, ya que invocó auxilio a Atenea:
            – ¡Oh, diosa, haz que Pándaro, quien me hirió, se ponga frente a mí y reciba la muerte de mi mano!
Atenea lo escuchó, y poniéndose al lado del aqueo, profirió estas palabras de aliento:
– ¡Animo, Diomedes, pelea contra los troyanos! Te concedo el honor de poder distinguir a los hombres de los dioses en el combate. Si alguno de los inmortales viene a tentarte, no quieras combatirlo. Pero si observas a Afrodita, hiérela con el bronce.
Luego, Diomedes, guiado por Atenea, atravesó con su lanza los dientes blancos del guerrero Pándaro, quien cayó al suelo y allí quedaron la vida y el valor del combatiente.
Eneas intervino temiendo que lo aqueos le quitaran el cadáver de su amigo, por lo que fue herido por Diomedes, quien le dejó caer una enorme roca sobre una pierna.
Pero Afrodita, madre del troyano, lo cubrió con un espeso manto para defenderlo de las flechas, que ya lo acechaban.
            – ¡Eneas, no morirás mientras te proteja tu madre! – dijo Afrodita.
Diomedes la distinguió entre el alboroto, saltó a su carro, corrió en su persecución y rasguño la palma de la deidad. La diosa lanzó un grito estremecedor de dolor.
Al verla, Apolo se la llevó al Olimpo envuelta dentro de una espesa nube.
El aqueo se lanzó contra el troyano Eneas, tres veces intentó matarlo y cuando lo atacaba por cuarta vez, Apolo lo increpó con aterradora voz:
            – ¡Valiente y osado aqueo, retírate, piénsalo mejor; no quieras igualarte a los dioses! Al escuchar la voz de Apolo, el guerrero comprendió y bajó su arma.
El funesto dios Ares entró a lid a favor de los troyanos, incitado por Apolo. Ares, hijo de Zeus y Hera, y dios de la guerra, cubrió el campo de batalla con una densa niebla para proteger a los troyanos. También se colocó detrás de Héctor, y así mató a muchos aqueos.
Hera, la diosa de los níveos brazos, observó que los griegos caían y exclamó a Atenea:
– ¡Pero vana será la promesa que hicimos a Menelao de que no se iría a destruir la bien amurallada Ilión, si dejamos que el pernicioso Ares ejerza sus furores! ¡Auxiliemos a los aqueos! Las deidades intervinieron y fue así como el combate se encarnizó aún más.
Diomedes, que se encontraba junto a su carro curándose las heridas, fue recriminado por Atenea por estar lejos del combate. El guerrero, contrariado, le contestó:
– Te conozco, diosa, por eso te hablaré sin ocultarte nada. No me domina el terror; pero recuerda las órdenes que me diste. Me aconsejaste no pelear contra los dioses, a excepción de Afrodita, que ha desaparecido, y solo observo que el enojo de Ares impera en la batalla.
No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales– lo consoló la diosa–, yo te ayudaré. Conduce tu carro a Ares y no lo respetes: hiérele de cerca, pues no supo cumplir con su palabra de combatir a los troyanos.
Y así lo hizo Diomedes, quien guiado por Atenea se acercó montado sobre su carro hacia el hijo de Zeus; enfilando su lanza desgarró el hermoso cutis de Ares, quién clamó como gritarían diez mil hombres.
Envuelto en una sombría nube, el dios subió al Olimpo, donde fue curado.
Al verlo, Zeus lo reprendió:

            – Siempre te han gustado las peleas, tienes el espíritu soberbio de tu madre, Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. ¡Esa herida tú mismo te la has provocado, insensato!

jueves, 2 de mayo de 2013

RAPSODIA V


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA V
Apenas apuntó la aurora con su azafranado velo, Zeus reunió a los dioses en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo.
— ¡Escuchen todos, dioses y diosas, lo que mi corazón dicta! Ninguno de ustedes se atreva a trasgredir mi mandato: el dios que intente separarse de los demás y ayude a los troyanos o a los griegos regresará humillado al Olimpo. Lo arrojaré debajo de la tierra y conocerá cuánto aventaja mi poder a las demás deidades.
Los demás dioses callaron, asombrados de sus palabras, pues fue tanta la vehemencia con la que se expresó el Crónida. Pero Atenea, la predilecta de Zeus, se adelantó hasta él:
— Conocemos tu poder, padre excelso, pero tenemos lástima de los belicosos helenos que morirán. Nos mantendremos al margen de las acciones, pero queremos sugerir a los aqueos sabios consejos, a fin de que no perezcan todos.
Zeus, como amaba a su hija, sonrió y le concedió el deseo:
— Contigo, amada hija, seré complaciente, mas no benigno— luego se vistió con su túnica dorada, tomó el látigo de oro y subió a su carro para dirigirse al monte Ida desde donde, envuelto de una espesa niebla, contempló la ciudad troyana y las naves aqueas.
Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron presurosamente en sus tiendas y enseguida tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad de Troya, y cuando estuvieron preparados las puertas se abrieron y se produjo un gran tumulto.
Cuando los ejércitos llegaron a encontrarse, chocaron una vez más los escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas. Se escuchaban los lamentos de los caídos y los gritos de los matadores jactanciosos. La tierra manaba sangra.
Mientras en lo alto el Sol ganaba terreno a la mañana, Zeus tomó en su mano la balanza de oro y puso en cada platillo un peso de muerte. El platillo de los aqueos tuvo más peso y bajó hasta la tierra, mientras que el que representaba a los troyanos se elevó hasta el cielo.
Zeus entonces envió una ardiente centella sobre los aqueos que los iluminó y se pasmaron de pálido temor. Solo Néstor conservó la serenidad, aunque Paris, esposo de Helena, flechara uno de sus caballos en lo alto de la cabeza, donde los crines empiezan a crecer y las heridas son mortales.
Y el anciano hubiera perdido la vida, si no lo hubiera advertido Diomedes, el cual vociferó a Odiseo, que huía:
— ¡A dónde huyes, Odiseo, linaje de Zeus! ¡Eres un cobarde! Pero aguarda y ayúdame a resguardar la vida del anciano ante el feroz guerrero llamado Héctor.
El hijo de Tideo le arrojó una flecha al guerrero troyano y aunque erró el tiro, hirió en el pecho, cerca de la tetilla, al auriga.
En ese momento, Zeus arrojó otro rayo frente a los caballos de Diomedes. Néstor comprendió la señal divina:
— ¡Diomedes, el mismo Zeus combate contra ti! ¡Tuerce las riendas y huyamos! Comprende que la protección del gran Crónida no te corresponde. Ningún mortal puede impedir sus propósitos, porque el dios es mucho más poderoso.
— Oportuno es lo que dices—le respondió Diomedes—, aunque siento un terrible pesar en mi alma, pues qué dirán cuando huyamos— Los troyanos y Héctor, al verlo, se jactaron de su enemigo:
— ¡Tu pueblo te despreciará, Diomedes, porque has vuelto como una mujer! Anda, tímida doncella, ya no me combatirás…— y todos se burlaron del griego que escapaba…
La fiereza de Diomedes lo tentó a regresar en tres ocasiones, más Zeus, oportuno, le manifestó su deseo con sendos rayos.
Héctor, orgulloso de su triunfo, animó aún más a su pueblo y gritó:
— ¡Troyanos, Zeus me concede la victoria: acuérdenme, cuando llegue a las cóncavas naves, traer el voraz fuego para incendiarlas y matar junto a ellas a los aqueos, confundidos por el humo!
Indignada desde su trono por tan ruin acto, Hera, esposa de Zeus, descendió hasta Agamenón para animar a los griegos.
— ¡Qué vergüenza, hombres sin dignidad, admirables sólo por su figura! Antes decían que cada uno pelearía con cientos de enemigos; ahora no pueden con uno, que pronto llegará a prender fuego a las naves.
Luego, la diosa buscó a su esposo Zeus y le pidió la victoria de los mermados aqueos. El Crónida, compadecido de verla derramar lágrimas, le concedió que su pueblo se salvara. Así, envió un águila que dejo caer un cervatillo sobre el altar de los Helenos. Cuando éstos vieron la señal, arremetieron contra el pueblo troyano.
La guerra se endureció y todas las flechas iban dirigidas contra Héctor, pero ninguna lo alcanzaba, aunque mataran a quienes se hallaban a su lado.
Pero el dios del Olimpo muy pronto se arrepintió y volvió a excitar el valor de los soldados de Troya. De nueva cuenta se inició la persecución de los griegos.
Hera y Atenea quisieron ayudar a sus protegidos, pero el dios del rayo las amenazó con terribles castigos.
— Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido— manifestó Zeus, encolerizado y a la vez irónico—: hubieran caído heridas por el rayo y no hubieran regresado a esta morada.
A Hera la ira no le cupo en el pecho y exclamó con pasión:
— ¡Eres muy cruel, temible Zeus! ¿Qué palabras has proferido? Bien sabemos que tu poder es infinito, pero Atenea y yo tenemos lástima de los belicosos griegos. Sólo les sugerimos para que no perezcan todos víctimas de tu cólera.
 — Los aqueos morirán— dijo el padre de los dioses— hasta que, caído Patroclo, se alce Aquiles, el de los pies ligeros, contra sus enemigos. Así está escrito y así tendrá que suceder.
La noche llegó una vez más, y mientras los troyanos encendieron grandes hogueras y vigilaban acechantes, los argivos regresaron a su campamento cerca de las naves.

jueves, 21 de marzo de 2013

LA ÍLIADA: RAPSODIA 2


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA II
Al aparecer la duodécima aurora, Tetis subió al cielo y, llorando, abrazó las rodillas de Zeus y pidió venganza para su hijo:
– ¡Próvido Zeus, concédete la victoria a los troyanos, hasta que los helenos den satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores!
El padre de los dioses comprendió la congoja de Tetis y, afligido, buscaba el medio de honrar a Aquiles y causar una matanza entre los argivos. Así creyó que lo mejor sería enviar un sueño engañoso al atrida Agamenón.
– Anda, pernicioso sueño –clamó Zeus, con maldad–, introdúcete en la tienda de Agamenón y ordénale armar a los melenudos aqueos porque ahora podrá tomar Troya.
Y así partió el sueño a cumplir el mandato, y encontró al rey en su tienda dormido. La inspiración de Zeus se posó sobre la cabeza del atrida y tomó la forma de Néstor, el anciano a quien aquél más honraba.
El maligno sueño habló así:
– No debes dormir toda la noche, pues Zeus se compadece de ti. Anima a tu ejército y toma Troya. La voluntad del Crónida está de tu lado. ¡Anda, no tengas miedo!
Cuando el atrida despertó, aún sonaban las palabras del sueño en sus oídos. Rápidamente se vistió con su túnica fina, la más hermosa, calzó sus pies y se encaminó hacia las naves de los aqueos para celebrar un consejo junto a las naves de Néstor.
– ¡Escuchen, amigos! –les dijo a los hombres allí reunidos–, dormía durante la noche, cuando se me acercó un sueño divino y se posó sobre mi cabeza. Tú, sabio Néstor, me indicaste que no esperemos tanto tiempo para tomar Troya. ¡El poderoso Zeus, dijiste, está de nuestro lado!
El anciano creyó sus palabras y fue el primero en incitar a los griegos para que se levantaran en armas.
– Si algún otro aqueo nos contara lo sucedido –dijo convencido el anciano–, lo creeríamos falso, pero lo ha dicho quien se gloria de ser el más poderoso de los argivos.
–Pero, ¿Quién nos asegura que el sueño se va a cumplir? ¿No será, quizá, un engaño de los dioses? –se mostraron desconfiados algunos helenos.
Sin embargo, Agamenón no quería regresar a Grecia después de haber perdido tantos hombres, y con firmeza los arengó:
– ¡Si quieren regresar, háganlo! ¿Qué no tienen valor para atacar a los troyanos?
La muchedumbre no cesaba en su malestar y desconfianza, por lo que su ánimo estaba a punto de hacerla abandonar la guerra. Entonces, de entre los griegos, Odiseo, rey de Itaca, conminó a los hombres a consumar valientemente la toma de Troya:
            – ¡No es digno que tiemblen como cobardes! ¡Alto, regresen a sus naves! ¡Tengan paciencia, la victoria está más cerca que nunca! Entonces todos regresaron a sus tiendas con nuevos ánimos de continuar la travesía.
Después, se ofreció un sacrificio a Zeus y se reunieron todos los reyes y jefes. Como un enjambre de moscas, todos al unísono se prepararon para la batalla. La tierra tembló y se estremeció ante el avance de los aqueos, quienes en la orilla del mar dejaron sus embarcaciones y subieron a sus carros de guerra. Iris, la mensajera de Zeus, llegó hasta Príamo, rey de Troya, bajo la forma de su hijo Polites y le advirtió del grave peligro:
– ¡Oh anciano!, he estado muchas batallas, pero nunca vi un ejército tan numeroso como el que han formado los aqueos. ¡Ten cuidado, vienen hacia acá!
Comandados por Héctor, los troyanos se agruparon sobre una colina para esperar a sus adversarios. Y prestos para el combate, los raptores de Helena avanzaron sobre la llanura chillando como pájaros.
Al frente de ellos, junto a Héctor, marchaba Paris, semejante a un dios, con una piel de leopardo sobre los hombros. Empuñaba su arco, su espada y dos lanzas de punta de bronce. El hermoso hombre desafiaba a los argivos con arrogancia. Los aqueos llenos de furia y osadía, velozmente se acercaron a sus adversarios.
Menelao, el esposo de Helena, vio a Paris acercarse. Como león hambriento que ha encontrado a un ciervo o una cabra montés, el esposo agraviado saltó hasta enfrente de las filas sin dejar de empuñar sus armas. La hora de la venganza había llegado. Pero repentinamente, Paris, al observar a su enemigo, temeroso y pálido retrocedió hasta perderse entre los combatientes de la retaguardia.
Al advertir la cobardía de aquél, Héctor lo reprendió con injuriosas palabras:
– ¡Eres un miserable, Paris! ¡Eres la vergüenza de los troyanos! Los aqueos se ríen de haberte considerado como un arrogante campeón, por tu bella figura, cuando no tienes valor de enfrentarlos. Tuviste la audacia de raptar a Helena, esposa de Menelao, y con ello trajiste la desgracia y la tragedia a tu pueblo. ¡Y ahora te escondes y huyes como un cobarde!
– Tu corazón es duro e inflexible– le contestó Paris, irritado–, pero nunca huiré de Menelao. No me reproches los dones que me ha dado la diosa de la belleza, Afrodita. Detén a todos los combatientes y déjenme solo, en medio del campo de batalla, con Menelao. El que venza se llevará a su tierra mujer y tesoro.
Héctor se alegró de la decisión de Paris, y con voz firme convenció a troyanos y griegos de deponer las armas. Agamenón detuvo a sus arqueros después de escuchar atento el desafío.
Ahora también escúchenme a mí– reviró Menelao–, mi corazón está lleno de amargura por la insolencia de Paris. ¡Por los dioses que acepto el duelo! Mi pueblo ha sufrido grandes bajas por la defensa de mi causa y por el malvado Paris, que la promovió. ¡Combatamos hasta la muerte, que muerda el polvo quien así lo merezca!
Luego de escuchar a Menelao, los aqueos y los troyanos, con la esperanza de que con este acto terminaría la guerra, bajaron de sus corceles y, dejando la armadura en el suelo, se sentaron frente a frente muy cerca los unos de los otros. En medio quedó una pequeña franja de tierra donde Menelao y Paris iban a combatir. Iris llegó hasta la exuberante Helena, que estaba en su palacio tejiendo un manto de púrpura, y le confió:
– ¡Ven, querida, sígueme! Paris y Menelao lucharán por ti. Cruzarán sus lanzas, y quien resulte vencedor te llamará esposa.
Cuando terminó Iris de hablar, Helena sintió en su corazón el dulce deseo de su anterior marido. Suspiró por su patria y sus padres, se cubrió de un blanco velo y derramó tiernas lágrimas. Después, salió de su estancia acompañada de sus doncellas, y pronto llegó al lugar donde se derramaría la sangre de los valientes héroes.
Al verla, Príamo le gritó:
– ¡Acércate, hija querida! Siéntate a mi lado, contempla a tu anterior marido y a sus parientes y amigos. Pero dime: ¿Quién es ese gallardo y alto hombre? He visto otros de mayor estatura, pero nunca he visto a un hombre tan hermoso y venerable como éste.
Helena suspiró, y tratando de contener las lágrimas, observó:
Es el poderoso Agamenón, esforzado combatiente, cuñado de esta desvergonzada– y rompió en profundo llanto.
Luego, el anciano se fijó en Odiseo y la volvió a cuestionar:
– Dime también, ¿quién es aquel de menor estatura que Agamenón, pero ancho de espaldas y de pecho?
– ¿Aquél, dices tú? – Lo reconoció Helena, quien se limpiaba las lágrimas–. Es el ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, que se crió en tierras de Itaca. Es tan hábil en urdir engaños de toda especie, como prudente consejero…
Y el anciano inquirió por tercera ocasión, al reparar la vista en Áyax:
¿Y ese otro griego gallardo, de noble gesto, que sobresale por su altura y anchas espaldas?
Ese es Áyax– contestó Helena–, el muro de los aqueos.
En el campo de batalla, el atrida Agamenón levantó las manos y oró en voz alta:
¡Padre Zeus, tú que todo lo ves, sé testigo y vela por este juramento! Si Paris mata a Menelao, que Helena sea suya con todas las riquezas, y nosotros regresaremos a nuestras embarcaciones. Pero si Menelao cruza con su lanza a Paris, que los troyanos nos devuelvan a Helena con todos sus tesoros. Y si, vencido Paris, Príamo y sus hijos se niegan a cumplir con esta promesa, me quedaré a combatir por ella hasta que termine la guerra.
Después de ofrecer sacrificios a la Tierra, al Sol y a Zeus, como preparativos del combate, Príamo se marchó, pues confió a Zeus y a los demás dioses el destino de los guerreros. Héctor hijo de Príamo, y el divino Odiseo, midieron el campo, y echaron dos suertes en un casco de bronce, para ver quién de ambos lanzaría primero su lanza. La suerte favoreció a Paris.
 Armados debidamente, ambos contendientes se encontraron en el campo preparado. Blandieron sus lanzas y manifestaron el odio que se tenían. El troyano lanzó primero su lanza, pero no consiguió atravesar el escudo liso del atrida.
– ¡Zeus soberano!, permíteme castigar a Paris, que me ofendió primero, y hazle sucumbir a mis manos– invocó Menelao.
Enseguida lanzó su lanza Menelao, consiguiendo perforar el escudo. Pero la túnica sólo se rasgó, pues el troyano con un movimiento escapó de la muerte. El heleno se lanzó nuevamente contra su enemigo; lo golpeó con su espada en el casco, pero aquélla se hizo pedazos.
Menelao volvió a acometer, tomó a Paris de crines del casco y cuando estaba a punto de ahogarlo, Afrodita, invisible para los ojos de los mortales, vio el peligro de su protegido y rápidamente cortó la correa del barbiquejo. En segundos, lo envolvió en una nube y lo condujo a los brazos de Helena.
Menelao furioso, buscó a Paris entre la muchedumbre, pero éste había desaparecido. Nadie pudo encontrar al príncipe troyano. Agamenón convencido de la victoria, proclamó estas palabras a los troyanos, impávidos y desconcertados ante la desaparición repentina de Paris:
– Escuchen troyanos, ¡Devuelvan a Helena junto con sus riquezas y paguen una indemnización justa!
Y aunque los aqueos aplaudieron, ningún troyano hizo caso de su advertencia, pues no se hubo cumplido lo pactado.