viernes, 30 de agosto de 2013

RAPSODIA IV

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA IV
Ya sin la ayuda divina, troyanos y griegos se enfrentaron solos en una horrenda batalla. Los aqueos tomaban la delantera y Néstor animaba a los suyos.
Fue entonces cuando Heleno, el mejor de los augures troyanos, se dirigió a su hermano Héctor y a Eneas exhortándolos a mantener la moral troyana en alto.
–Héctor– dijo Heleno–, ve a la ciudad y di a nuestra madre que llame a las venerables matronas, para que vayan con ella al templo dedicado a Atenea, emperatriz de las batallas en acrópolis, y llévenle ofrendas agradables; luego ofrécele doce novillas de un año de edad para que domine al feroz Diomedes.
El príncipe troyano llegó al palacio magnífico de Príamo, le salió al encuentro su madre, quien tomándole la mano le dijo:
– ¡Hijo!, ¿por qué has regresado, dejando el áspero combate? Seguramente irás a la acrópolis a ofrendar al poderoso Zeus…
– No, madre mía– le respondió Héctor–, he venido a decirte que le lleves ofrendas a la diosa Atenea y sacrifiques en su honor doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, para que aparte de la ciudad de Ilión al hijo de Tideo.
Y la madre cumplió la ofrenda como lo sugirió su hijo, pero la diosa de hermosa cabellera no accedió a los ruegos de los troyanos.
Héctor se encaminó de nueva cuenta al palacio de Príamo, y ahí se encontró a Paris y a Helena, con quienes cambio estas palabras:
– ¡Eres un desgraciado, Paris! Mientras tus hombres perecen combatiendo al pie de los latos muros de la ciudad, tú, desinteresado, te recreas en la ociosidad. ¡Regresa al combate si desprecias a los griegos!
– ¿Qué dices? Si ya preparo mis armas– contestó el hermoso Paris–. En este momento, mi esposa amada me exhortaba a regresar a la lid. Contigo iré, pues nada me detiene.
La bella entre las bellas también se dirigió, angustiada, a su cuñado:
– Ojalá hubiera muerto al nacer, y ya que los dioses determinaron estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los reproches de los hombres.
Luego de la respuesta de la cautiva, Héctor, con voz firme le contestó:
– ¡Anima a este hombre a que luche!; mientras, yo voy a mi casa y veré a mi querida esposa y a mi pequeño vástago.
Héctor se fue y llegó enseguida a su palacio, mas no encontró a la dueña de sus suspiros, Andrómaca, ni a su hijo. Extrañado, se detuvo en el umbral y preguntó a las esclavas:
– ¡Esclavas! ¿Dónde está Andrómaca, y mi hijo? ¿Fue quizá a visitar a mis hermanas o a mis cuñadas? ¿O quizá está en el templo de Atenea?
Ellas le contestaron:
– No, ella subió a la gran torre de Ilión cuando escuchó que los troyanos retrocedían ante el ímpetu de los griegos. Te busca, sin saber de tu suerte.
El héroe se dirigió a toda prisa al lugar indicado, y luego de buscar, encontró a su esposa, quien corrió a su encuentro. Detrás la seguía de cerca la nodriza que amamantaba al infante.
En silencio, Héctor miró a su hijo, lo acarició y besó la mano de su esposa. Andrómaca, con los ojos enjugados, le dijo:
– ¡Desdichado! Tu valor te perderá. ¿Qué no tienes compasión de tu hijo y de tu esposa? Sería preferible que al perderte la tierra me tragara. Para mí sería mejor, si vivo privada de tu presencia. Héctor, tú eres todo en mi mundo: mi padre, mi madre, mi hermano; tú, mi floreciente esposo.
– Todo eso me preocupa, mujer– contestó el gran Héctor–, pero me avergonzaría ante los troyanos si huyera del combate. Mi corazón me incita a la lucha. Sé que llegara el día en que caiga la ciudad de Troya, por eso primero he de morir antes de observarte vejada por los aqueos.
Después, el hermano de Paris tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza. Le asustaba el bronce y el penacho de crines de su padre. La pareja olvidó por unos momentos los horrores de la guerra y sonrió brevemente.
El guerrero se despojó de su indumentaria, cogió a su pequeño hijo y lo besó. Entonces, alzando la vista, se dirigió a los dioses:
– ¡Oh, Zeus y demás dioses! Concédame que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos y muy esforzado; que reine en Ilión y que todos lo aclamen después del combate, y que digan que es mucho más valiente que su padre.
Posteriormente, llevó al niño con su madre y se volvió a colocar el yelmo adornado con crines. Subió a su carro y mientras se alejaba volvió la cabeza para dar el último adiós a su esposa.
Paris, que no había demorado mucho, se encontró con Héctor cuando éste regresaba.
– Eres valiente– le dijo Héctor–, pero en ocasiones te abandonas y no deseas pelear, y mi corazón se aflige cuando escucho murmurar a los troyanos, siendo tú la causa de sus penas. Vamos, pues, y esperemos el favor de Zeus para ganar.
Los dos hermanos se lanzaron a una lucha sin cuartel y dieron muerte a numerosos guerreros enemigos, pero cuando Atenea, la diosa de brillosos ojos, vio que aquéllos mataban a muchos aqueos, descendió desde las cumbres del Olimpo para ayudarlos.
Al advertirlo, Apolo le expresó a la diosa:
– ¿Por qué enardecida nuevamente, oh, hija del gran Zeus, acaso quieres dar a los indecisos griegos la victoria? Si lo deseas suspenderemos hoy las hostilidades.
Atenea, enojada le respondió:
– ¿Pero por qué has querido suspender la batalla?
Apolo le reveló su intención de que Héctor retase a los griegos más valientes a un duelo singular. Y así lo hizo. El príncipe, esposo de Andrómaca, guiado por Apolo, detuvo la lucha de ambos ejércitos y se dirigió a sus contrincantes:
– ¡Aqueos, si su guerrero más valiente logra vencerme con su lanza, despójenme de mis armas y entreguen mi cuerpo a los míos para ser quemado en la pira; pero si el vencedor soy yo, me llevaré sus armas a Ilión, las colgaré en el templo de Apolo y les enviaré el cadáver para que le rindan tributo!  
Los aguerridos griegos guardaron silencio, y ante la vergüenza de no aceptar el desafío, Menelao se indignó ante tanta cobardía y se ofreció a luchar contra el caudillo troyano.
– ¡Yo lucharé contra ti! – y dio un paso delante de los demás soldados.
Pero el mismo Agamenón lo tomó de un brazo y le discutió:
            – ¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tanta locura. Aquiles mismo sentiría terror ante Héctor.
Pero nadie más se ofreció como voluntario. Así que Néstor increpó a los argivos y nueve de entre ellos se levantaron para responder al reto.
Acordaron echar suertes y Ayax, rey de Salamina, resultó electo. Todos los helenos se mostraron complacidos y, una vez armado, el príncipe salió al campo.
– Héctor, ahora conocerás el poder de los aqueos, aunque la fuerza de Aquiles no nos acompañe. Somos muchos los capaces de pelear contra ti. ¡Empiece ya la lucha! – lo retó Ayax.
Los contendientes se arremetieron como leones carniceros. Héctor lanzó primero su enorme lanza y atravesó con ella el escudo de cuero y bronce de su rival.
Pero Ayax respondió tirándole una piedra en el escudo; luego lo hirió levemente en el cuello. Más no por eso dejó de combatir Héctor, quien tomó otra roca y la aventó sobre el escudo del aqueo.
Cuando llegó la noche, la batalla continuaba sin que hubiera vencedor alguno. Ambos héroes acordaron suspender las hostilidades hasta el día siguiente; mientras, se retiraron como amigos haciéndose mutuamente magníficos regalos.
Reunidos todos los reyes griegos, decidieron recoger los cadáveres de sus muertos y quemarlos en una inmensa pira.
Entretanto, los troyanos pensaron devolver a la hermosa Helena, pero Paris se opuso:
            – ¡No devolveré a mi esposa!; pero si lo desean puedo darles las riquezas que traje de Argos, hasta añadiré mi palacio.
Los griegos, en boca de Menelao, rechazaron la oferta:
– No se aceptan las riquezas de Paris ni a Helena tampoco; pues es evidente que la ruina acecha a los troyanos. ¡Que no decaiga el ánimo, continuemos la gesta!


RAPSODIA III

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA III
Luego de la batalla sin victoria para ninguno de los dos bandos, los dioses se reunieron en consejo. Zeus, con intención de incomodar a su esposa Hera, hablo así:
– Son dos las diosas que protegen a Menelao, Hera y Atenea, pero lo observan desde lejos; en cambio, Afrodita acompaña a Paris y lo libra de la muerte. Ahora tenemos que decidir el futuro: promovemos el combate o reconciliamos a ambos pueblos.
Hera, llena de ira en el pecho, hizo un pacto con su esposo:
– Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, destrúyelas cuando lo desees, poderoso Zeus, pero manda a Atenea al campo de batalla y los troyanos provoquen a los griegos violando así el juramento de paz.
Así lo hizo Zeus y Atenea cumplió con lo acordado. La diosa se inmiscuyó con forma de valiente guerrero entre los troyanos y encontró a Pándaro, valeroso combatiente de la causa troyana.
– Dispara con una flecha contra el osado Menelao, los tuyos te lo agradecerán. Te colmaré de regalos y gloria– lo incitó la diosa.
Estimulado con estas palabras, Pándaro cogió su arco bien pulido, buscó una flecha nueva, la colocó en su arma y tiró directo al pecho de Menelao.
Pero Atenea de su preciado protegido y desvió la flecha, que se clavó en el cinturón del rey, hiriéndolo levemente. Agamenón al observar a su hermano bañado en sangre, conminó entre suspiros a los aqueos:
– ¡A la guerra, valerosos griegos! Así quebrantaban los juramentos de paz los troyanos, pero Zeus los castigará con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos.
Los soldados helenos se agruparon, y con sed de venganza comenzaron a avanzar como el viento; y cuando estuvieron frente a los troyanos la tierra se tiño de sangre, se cruzaron las lanzas y se juntaron los escudos. Muchos héroes perecieron en la batalla; unos junto a otros quedaron de bruces en el polvo.
– ¡Adelante troyanos– gritó Apolo desde una colina–, no cedan ante los griegos! Sus cuerpos no son de piedra ni de hierro. Además, recuerden, Aquiles, hijo de Tetis, no se encuentra en las filas de avanzada.
Pero los aqueos fueron apoyados por Atenea, quien recorrió el campo animado a los suyos. La diosa infundió a Diomedes valor y audacia para que brillara en el campo de batalla, pues hizo salir de su casco y escudo una incesante luz; tal era el resplandor que despedían la cabeza y los hombros del héroe griego, que los enemigos se sobresaltaron.
Inspirado por la diosa, Diomedes venció a muchos. Atenea entonces tomó la mano de Ares y le dijo:
– ¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! Dejemos que los troyanos y aqueos peleen solos, que sea Zeus quien decida sus destinos.
Con lo anterior los griegos arremetieron contra los troyanos y cada jefe mató, cuando menos, a un enemigo importante.
Pero Pándaro, que observaba cómo peleaba Diomedes contra las tropas de Ilión, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho. El teucro, hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz aguda:
– ¡Arremetan, teucros: herido está el más fuerte de los aqueos, y no creo que pueda resistir el poder de mis saetas!
Pero la veloz flecha no postró al valeroso Diomedes, ya que invocó auxilio a Atenea:
            – ¡Oh, diosa, haz que Pándaro, quien me hirió, se ponga frente a mí y reciba la muerte de mi mano!
Atenea lo escuchó, y poniéndose al lado del aqueo, profirió estas palabras de aliento:
– ¡Animo, Diomedes, pelea contra los troyanos! Te concedo el honor de poder distinguir a los hombres de los dioses en el combate. Si alguno de los inmortales viene a tentarte, no quieras combatirlo. Pero si observas a Afrodita, hiérela con el bronce.
Luego, Diomedes, guiado por Atenea, atravesó con su lanza los dientes blancos del guerrero Pándaro, quien cayó al suelo y allí quedaron la vida y el valor del combatiente.
Eneas intervino temiendo que lo aqueos le quitaran el cadáver de su amigo, por lo que fue herido por Diomedes, quien le dejó caer una enorme roca sobre una pierna.
Pero Afrodita, madre del troyano, lo cubrió con un espeso manto para defenderlo de las flechas, que ya lo acechaban.
            – ¡Eneas, no morirás mientras te proteja tu madre! – dijo Afrodita.
Diomedes la distinguió entre el alboroto, saltó a su carro, corrió en su persecución y rasguño la palma de la deidad. La diosa lanzó un grito estremecedor de dolor.
Al verla, Apolo se la llevó al Olimpo envuelta dentro de una espesa nube.
El aqueo se lanzó contra el troyano Eneas, tres veces intentó matarlo y cuando lo atacaba por cuarta vez, Apolo lo increpó con aterradora voz:
            – ¡Valiente y osado aqueo, retírate, piénsalo mejor; no quieras igualarte a los dioses! Al escuchar la voz de Apolo, el guerrero comprendió y bajó su arma.
El funesto dios Ares entró a lid a favor de los troyanos, incitado por Apolo. Ares, hijo de Zeus y Hera, y dios de la guerra, cubrió el campo de batalla con una densa niebla para proteger a los troyanos. También se colocó detrás de Héctor, y así mató a muchos aqueos.
Hera, la diosa de los níveos brazos, observó que los griegos caían y exclamó a Atenea:
– ¡Pero vana será la promesa que hicimos a Menelao de que no se iría a destruir la bien amurallada Ilión, si dejamos que el pernicioso Ares ejerza sus furores! ¡Auxiliemos a los aqueos! Las deidades intervinieron y fue así como el combate se encarnizó aún más.
Diomedes, que se encontraba junto a su carro curándose las heridas, fue recriminado por Atenea por estar lejos del combate. El guerrero, contrariado, le contestó:
– Te conozco, diosa, por eso te hablaré sin ocultarte nada. No me domina el terror; pero recuerda las órdenes que me diste. Me aconsejaste no pelear contra los dioses, a excepción de Afrodita, que ha desaparecido, y solo observo que el enojo de Ares impera en la batalla.
No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales– lo consoló la diosa–, yo te ayudaré. Conduce tu carro a Ares y no lo respetes: hiérele de cerca, pues no supo cumplir con su palabra de combatir a los troyanos.
Y así lo hizo Diomedes, quien guiado por Atenea se acercó montado sobre su carro hacia el hijo de Zeus; enfilando su lanza desgarró el hermoso cutis de Ares, quién clamó como gritarían diez mil hombres.
Envuelto en una sombría nube, el dios subió al Olimpo, donde fue curado.
Al verlo, Zeus lo reprendió:

            – Siempre te han gustado las peleas, tienes el espíritu soberbio de tu madre, Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. ¡Esa herida tú mismo te la has provocado, insensato!

jueves, 2 de mayo de 2013

RAPSODIA V


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA V
Apenas apuntó la aurora con su azafranado velo, Zeus reunió a los dioses en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo.
— ¡Escuchen todos, dioses y diosas, lo que mi corazón dicta! Ninguno de ustedes se atreva a trasgredir mi mandato: el dios que intente separarse de los demás y ayude a los troyanos o a los griegos regresará humillado al Olimpo. Lo arrojaré debajo de la tierra y conocerá cuánto aventaja mi poder a las demás deidades.
Los demás dioses callaron, asombrados de sus palabras, pues fue tanta la vehemencia con la que se expresó el Crónida. Pero Atenea, la predilecta de Zeus, se adelantó hasta él:
— Conocemos tu poder, padre excelso, pero tenemos lástima de los belicosos helenos que morirán. Nos mantendremos al margen de las acciones, pero queremos sugerir a los aqueos sabios consejos, a fin de que no perezcan todos.
Zeus, como amaba a su hija, sonrió y le concedió el deseo:
— Contigo, amada hija, seré complaciente, mas no benigno— luego se vistió con su túnica dorada, tomó el látigo de oro y subió a su carro para dirigirse al monte Ida desde donde, envuelto de una espesa niebla, contempló la ciudad troyana y las naves aqueas.
Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron presurosamente en sus tiendas y enseguida tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad de Troya, y cuando estuvieron preparados las puertas se abrieron y se produjo un gran tumulto.
Cuando los ejércitos llegaron a encontrarse, chocaron una vez más los escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas. Se escuchaban los lamentos de los caídos y los gritos de los matadores jactanciosos. La tierra manaba sangra.
Mientras en lo alto el Sol ganaba terreno a la mañana, Zeus tomó en su mano la balanza de oro y puso en cada platillo un peso de muerte. El platillo de los aqueos tuvo más peso y bajó hasta la tierra, mientras que el que representaba a los troyanos se elevó hasta el cielo.
Zeus entonces envió una ardiente centella sobre los aqueos que los iluminó y se pasmaron de pálido temor. Solo Néstor conservó la serenidad, aunque Paris, esposo de Helena, flechara uno de sus caballos en lo alto de la cabeza, donde los crines empiezan a crecer y las heridas son mortales.
Y el anciano hubiera perdido la vida, si no lo hubiera advertido Diomedes, el cual vociferó a Odiseo, que huía:
— ¡A dónde huyes, Odiseo, linaje de Zeus! ¡Eres un cobarde! Pero aguarda y ayúdame a resguardar la vida del anciano ante el feroz guerrero llamado Héctor.
El hijo de Tideo le arrojó una flecha al guerrero troyano y aunque erró el tiro, hirió en el pecho, cerca de la tetilla, al auriga.
En ese momento, Zeus arrojó otro rayo frente a los caballos de Diomedes. Néstor comprendió la señal divina:
— ¡Diomedes, el mismo Zeus combate contra ti! ¡Tuerce las riendas y huyamos! Comprende que la protección del gran Crónida no te corresponde. Ningún mortal puede impedir sus propósitos, porque el dios es mucho más poderoso.
— Oportuno es lo que dices—le respondió Diomedes—, aunque siento un terrible pesar en mi alma, pues qué dirán cuando huyamos— Los troyanos y Héctor, al verlo, se jactaron de su enemigo:
— ¡Tu pueblo te despreciará, Diomedes, porque has vuelto como una mujer! Anda, tímida doncella, ya no me combatirás…— y todos se burlaron del griego que escapaba…
La fiereza de Diomedes lo tentó a regresar en tres ocasiones, más Zeus, oportuno, le manifestó su deseo con sendos rayos.
Héctor, orgulloso de su triunfo, animó aún más a su pueblo y gritó:
— ¡Troyanos, Zeus me concede la victoria: acuérdenme, cuando llegue a las cóncavas naves, traer el voraz fuego para incendiarlas y matar junto a ellas a los aqueos, confundidos por el humo!
Indignada desde su trono por tan ruin acto, Hera, esposa de Zeus, descendió hasta Agamenón para animar a los griegos.
— ¡Qué vergüenza, hombres sin dignidad, admirables sólo por su figura! Antes decían que cada uno pelearía con cientos de enemigos; ahora no pueden con uno, que pronto llegará a prender fuego a las naves.
Luego, la diosa buscó a su esposo Zeus y le pidió la victoria de los mermados aqueos. El Crónida, compadecido de verla derramar lágrimas, le concedió que su pueblo se salvara. Así, envió un águila que dejo caer un cervatillo sobre el altar de los Helenos. Cuando éstos vieron la señal, arremetieron contra el pueblo troyano.
La guerra se endureció y todas las flechas iban dirigidas contra Héctor, pero ninguna lo alcanzaba, aunque mataran a quienes se hallaban a su lado.
Pero el dios del Olimpo muy pronto se arrepintió y volvió a excitar el valor de los soldados de Troya. De nueva cuenta se inició la persecución de los griegos.
Hera y Atenea quisieron ayudar a sus protegidos, pero el dios del rayo las amenazó con terribles castigos.
— Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido— manifestó Zeus, encolerizado y a la vez irónico—: hubieran caído heridas por el rayo y no hubieran regresado a esta morada.
A Hera la ira no le cupo en el pecho y exclamó con pasión:
— ¡Eres muy cruel, temible Zeus! ¿Qué palabras has proferido? Bien sabemos que tu poder es infinito, pero Atenea y yo tenemos lástima de los belicosos griegos. Sólo les sugerimos para que no perezcan todos víctimas de tu cólera.
 — Los aqueos morirán— dijo el padre de los dioses— hasta que, caído Patroclo, se alce Aquiles, el de los pies ligeros, contra sus enemigos. Así está escrito y así tendrá que suceder.
La noche llegó una vez más, y mientras los troyanos encendieron grandes hogueras y vigilaban acechantes, los argivos regresaron a su campamento cerca de las naves.

jueves, 21 de marzo de 2013

LA ÍLIADA: RAPSODIA 2


LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA II
Al aparecer la duodécima aurora, Tetis subió al cielo y, llorando, abrazó las rodillas de Zeus y pidió venganza para su hijo:
– ¡Próvido Zeus, concédete la victoria a los troyanos, hasta que los helenos den satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores!
El padre de los dioses comprendió la congoja de Tetis y, afligido, buscaba el medio de honrar a Aquiles y causar una matanza entre los argivos. Así creyó que lo mejor sería enviar un sueño engañoso al atrida Agamenón.
– Anda, pernicioso sueño –clamó Zeus, con maldad–, introdúcete en la tienda de Agamenón y ordénale armar a los melenudos aqueos porque ahora podrá tomar Troya.
Y así partió el sueño a cumplir el mandato, y encontró al rey en su tienda dormido. La inspiración de Zeus se posó sobre la cabeza del atrida y tomó la forma de Néstor, el anciano a quien aquél más honraba.
El maligno sueño habló así:
– No debes dormir toda la noche, pues Zeus se compadece de ti. Anima a tu ejército y toma Troya. La voluntad del Crónida está de tu lado. ¡Anda, no tengas miedo!
Cuando el atrida despertó, aún sonaban las palabras del sueño en sus oídos. Rápidamente se vistió con su túnica fina, la más hermosa, calzó sus pies y se encaminó hacia las naves de los aqueos para celebrar un consejo junto a las naves de Néstor.
– ¡Escuchen, amigos! –les dijo a los hombres allí reunidos–, dormía durante la noche, cuando se me acercó un sueño divino y se posó sobre mi cabeza. Tú, sabio Néstor, me indicaste que no esperemos tanto tiempo para tomar Troya. ¡El poderoso Zeus, dijiste, está de nuestro lado!
El anciano creyó sus palabras y fue el primero en incitar a los griegos para que se levantaran en armas.
– Si algún otro aqueo nos contara lo sucedido –dijo convencido el anciano–, lo creeríamos falso, pero lo ha dicho quien se gloria de ser el más poderoso de los argivos.
–Pero, ¿Quién nos asegura que el sueño se va a cumplir? ¿No será, quizá, un engaño de los dioses? –se mostraron desconfiados algunos helenos.
Sin embargo, Agamenón no quería regresar a Grecia después de haber perdido tantos hombres, y con firmeza los arengó:
– ¡Si quieren regresar, háganlo! ¿Qué no tienen valor para atacar a los troyanos?
La muchedumbre no cesaba en su malestar y desconfianza, por lo que su ánimo estaba a punto de hacerla abandonar la guerra. Entonces, de entre los griegos, Odiseo, rey de Itaca, conminó a los hombres a consumar valientemente la toma de Troya:
            – ¡No es digno que tiemblen como cobardes! ¡Alto, regresen a sus naves! ¡Tengan paciencia, la victoria está más cerca que nunca! Entonces todos regresaron a sus tiendas con nuevos ánimos de continuar la travesía.
Después, se ofreció un sacrificio a Zeus y se reunieron todos los reyes y jefes. Como un enjambre de moscas, todos al unísono se prepararon para la batalla. La tierra tembló y se estremeció ante el avance de los aqueos, quienes en la orilla del mar dejaron sus embarcaciones y subieron a sus carros de guerra. Iris, la mensajera de Zeus, llegó hasta Príamo, rey de Troya, bajo la forma de su hijo Polites y le advirtió del grave peligro:
– ¡Oh anciano!, he estado muchas batallas, pero nunca vi un ejército tan numeroso como el que han formado los aqueos. ¡Ten cuidado, vienen hacia acá!
Comandados por Héctor, los troyanos se agruparon sobre una colina para esperar a sus adversarios. Y prestos para el combate, los raptores de Helena avanzaron sobre la llanura chillando como pájaros.
Al frente de ellos, junto a Héctor, marchaba Paris, semejante a un dios, con una piel de leopardo sobre los hombros. Empuñaba su arco, su espada y dos lanzas de punta de bronce. El hermoso hombre desafiaba a los argivos con arrogancia. Los aqueos llenos de furia y osadía, velozmente se acercaron a sus adversarios.
Menelao, el esposo de Helena, vio a Paris acercarse. Como león hambriento que ha encontrado a un ciervo o una cabra montés, el esposo agraviado saltó hasta enfrente de las filas sin dejar de empuñar sus armas. La hora de la venganza había llegado. Pero repentinamente, Paris, al observar a su enemigo, temeroso y pálido retrocedió hasta perderse entre los combatientes de la retaguardia.
Al advertir la cobardía de aquél, Héctor lo reprendió con injuriosas palabras:
– ¡Eres un miserable, Paris! ¡Eres la vergüenza de los troyanos! Los aqueos se ríen de haberte considerado como un arrogante campeón, por tu bella figura, cuando no tienes valor de enfrentarlos. Tuviste la audacia de raptar a Helena, esposa de Menelao, y con ello trajiste la desgracia y la tragedia a tu pueblo. ¡Y ahora te escondes y huyes como un cobarde!
– Tu corazón es duro e inflexible– le contestó Paris, irritado–, pero nunca huiré de Menelao. No me reproches los dones que me ha dado la diosa de la belleza, Afrodita. Detén a todos los combatientes y déjenme solo, en medio del campo de batalla, con Menelao. El que venza se llevará a su tierra mujer y tesoro.
Héctor se alegró de la decisión de Paris, y con voz firme convenció a troyanos y griegos de deponer las armas. Agamenón detuvo a sus arqueros después de escuchar atento el desafío.
Ahora también escúchenme a mí– reviró Menelao–, mi corazón está lleno de amargura por la insolencia de Paris. ¡Por los dioses que acepto el duelo! Mi pueblo ha sufrido grandes bajas por la defensa de mi causa y por el malvado Paris, que la promovió. ¡Combatamos hasta la muerte, que muerda el polvo quien así lo merezca!
Luego de escuchar a Menelao, los aqueos y los troyanos, con la esperanza de que con este acto terminaría la guerra, bajaron de sus corceles y, dejando la armadura en el suelo, se sentaron frente a frente muy cerca los unos de los otros. En medio quedó una pequeña franja de tierra donde Menelao y Paris iban a combatir. Iris llegó hasta la exuberante Helena, que estaba en su palacio tejiendo un manto de púrpura, y le confió:
– ¡Ven, querida, sígueme! Paris y Menelao lucharán por ti. Cruzarán sus lanzas, y quien resulte vencedor te llamará esposa.
Cuando terminó Iris de hablar, Helena sintió en su corazón el dulce deseo de su anterior marido. Suspiró por su patria y sus padres, se cubrió de un blanco velo y derramó tiernas lágrimas. Después, salió de su estancia acompañada de sus doncellas, y pronto llegó al lugar donde se derramaría la sangre de los valientes héroes.
Al verla, Príamo le gritó:
– ¡Acércate, hija querida! Siéntate a mi lado, contempla a tu anterior marido y a sus parientes y amigos. Pero dime: ¿Quién es ese gallardo y alto hombre? He visto otros de mayor estatura, pero nunca he visto a un hombre tan hermoso y venerable como éste.
Helena suspiró, y tratando de contener las lágrimas, observó:
Es el poderoso Agamenón, esforzado combatiente, cuñado de esta desvergonzada– y rompió en profundo llanto.
Luego, el anciano se fijó en Odiseo y la volvió a cuestionar:
– Dime también, ¿quién es aquel de menor estatura que Agamenón, pero ancho de espaldas y de pecho?
– ¿Aquél, dices tú? – Lo reconoció Helena, quien se limpiaba las lágrimas–. Es el ingenioso Odiseo, hijo de Laertes, que se crió en tierras de Itaca. Es tan hábil en urdir engaños de toda especie, como prudente consejero…
Y el anciano inquirió por tercera ocasión, al reparar la vista en Áyax:
¿Y ese otro griego gallardo, de noble gesto, que sobresale por su altura y anchas espaldas?
Ese es Áyax– contestó Helena–, el muro de los aqueos.
En el campo de batalla, el atrida Agamenón levantó las manos y oró en voz alta:
¡Padre Zeus, tú que todo lo ves, sé testigo y vela por este juramento! Si Paris mata a Menelao, que Helena sea suya con todas las riquezas, y nosotros regresaremos a nuestras embarcaciones. Pero si Menelao cruza con su lanza a Paris, que los troyanos nos devuelvan a Helena con todos sus tesoros. Y si, vencido Paris, Príamo y sus hijos se niegan a cumplir con esta promesa, me quedaré a combatir por ella hasta que termine la guerra.
Después de ofrecer sacrificios a la Tierra, al Sol y a Zeus, como preparativos del combate, Príamo se marchó, pues confió a Zeus y a los demás dioses el destino de los guerreros. Héctor hijo de Príamo, y el divino Odiseo, midieron el campo, y echaron dos suertes en un casco de bronce, para ver quién de ambos lanzaría primero su lanza. La suerte favoreció a Paris.
 Armados debidamente, ambos contendientes se encontraron en el campo preparado. Blandieron sus lanzas y manifestaron el odio que se tenían. El troyano lanzó primero su lanza, pero no consiguió atravesar el escudo liso del atrida.
– ¡Zeus soberano!, permíteme castigar a Paris, que me ofendió primero, y hazle sucumbir a mis manos– invocó Menelao.
Enseguida lanzó su lanza Menelao, consiguiendo perforar el escudo. Pero la túnica sólo se rasgó, pues el troyano con un movimiento escapó de la muerte. El heleno se lanzó nuevamente contra su enemigo; lo golpeó con su espada en el casco, pero aquélla se hizo pedazos.
Menelao volvió a acometer, tomó a Paris de crines del casco y cuando estaba a punto de ahogarlo, Afrodita, invisible para los ojos de los mortales, vio el peligro de su protegido y rápidamente cortó la correa del barbiquejo. En segundos, lo envolvió en una nube y lo condujo a los brazos de Helena.
Menelao furioso, buscó a Paris entre la muchedumbre, pero éste había desaparecido. Nadie pudo encontrar al príncipe troyano. Agamenón convencido de la victoria, proclamó estas palabras a los troyanos, impávidos y desconcertados ante la desaparición repentina de Paris:
– Escuchen troyanos, ¡Devuelvan a Helena junto con sus riquezas y paguen una indemnización justa!
Y aunque los aqueos aplaudieron, ningún troyano hizo caso de su advertencia, pues no se hubo cumplido lo pactado.

jueves, 14 de marzo de 2013

RAPSODIA 1

LA ILIADA
AUTOR: HOMERO
RAPSODIA I
Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, fue raptada y hecha prisionera por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Ante el ultraje, Menelao pidió ayuda a su hermano Agamenón, quien convocó a todos los reyes y príncipes de Grecia para ir al rescate de su cuñada, quien se encontraba encerrada en la ciudad amurallada de Troya.
Entre estos héroes de variada estirpe estaba el más valiente y valeroso de los griegos: Aquiles, el delos pies ligeros, hijo de Tetis y Peleo. Los troyanos le temían porque sabían que era invulnerable y no conocían su pequeña debilidad: si lograban atacarlo por la parte posterior del pie, en el talón, podían matarlo.
Pero la soberbia y la codicia de Agamenón hicieron que Aquiles se retirara rápidamente de la contienda. En un asalto a la ciudad de Tebas, Agamenón raptó a Criseida, lo que hizo que Apolo suscitara una terrible peste en el ejército griego y Aquiles se inconformara.
Crises el padre de la cautiva, se presentó ante el campamento de los griegos, que estaba muy cerca de la ciudad de Troya y a orillas del mar, para redimir a su hija:
–¡Atridas y demás hombres, que los dioses que poseen olímpicos palacios les permitan destruir la ciudad de Troya, pongan en libertad a mi hija y reciban a cambio este inmenso rescate!
Aunque los aqueos y Aquiles estuvieron conformes, el atrida no lo estuvo y despidió a Crises con palabras altaneras. Ante la grosería, el sacerdote, enojado, invocó a Apolo:
– ¡Oh, dios del arco de plata!, castiga con tus flechas a los griegos insolentes y crueles, ya que no han querido devolverme a mi hija adorada…
Desde el Olimpo, el dios de la luz, la música y la profecía escuchó su plegaria y bajó irritado cargando su carcaj lleno de flechas y su arco. Ya en la tierra comenzó a tirar sus saetas, y aunque primero mató perros y mulos, los hombres fueron cayendo muertos rápidamente.
–Agamenón, hijo de Atreo, ahora tendremos que regresar si escapamos a la muerte, pues van a aunarse peste y guerra para acabar con nosotros. Entrega esa joven al dios y te pagaremos el triple si Zeus nos permite tomar Troya –dijo Aquiles ante la amenaza creciente de las bajas aqueas.
– ¡Huye tú –respondió, altanero, Agamenón –, vete si quieres!, pero prepáreme otro botín para no ser el único griego sin recompensa. Me eres odioso y no me importa tu irritación. Y puesto que Apolo me quita a Criseida, me llevaré a Briseida, tu cautiva y enamorada. Así sabrás qué tan poderoso soy…
Aquiles se enfureció tanto, que desvainó su gran espada que llevaba junto al muslo y amenazó al atrida. Pero al verlo, Atenea bajó del Olimpo para contener su furia y apaciguar su cólera.
– ¡Detente, hombre prudente y de razón!, le gritó la diosa. Al verla, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo atormentado:
– ¿Por qué, hija de Zeus, has venido a presenciar el ultraje que me infiere Agamenón, hijo de Atreo? Por su insolencia perderá muy pronto la vida…
La diosa de brillantes ojos lo consoló con estas palabras:
            – He venido apaciguar tu ira. Me ha enviado Hera, esposa de Zeus, la diosa de níveos brazos que ama a ambos y se preocupa por ustedes. Ea, los dioses te pagarán con creces, deja la espada y termina ya con la disputa.
Aquiles, más tranquilo, pero aún enardecido de dolor, obedeció y volvió a enfundar su espada:
– Aceptaré tu consejo. Aunque el corazón esté muy irritado, obrar así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.
Luego, Aquiles arrojó al suelo su cetro, y mientras se sentaba en el suelo, se dirigió al atrida:
            – ¡Insolente!, ¡algún día los griegos y tú, afligidos, extrañarán mi espada cuando se enfrenten a Héctor, matador de hombres! Entonces te arrepentirás de haber deshonrado al rey de los aqueos.
Así se expresó el hijo de Tetis y después sin mediar palabra se retiró a su campamento. Lo mismo hizo Agamenón, quien indignado, terminó por aceptar la recomendación.
El atrida decidió escoger veinte remeros para conducir la nave que volvería a Criseida. Odiseo, el rey de Ítaca, el más astuto y prudente de los aqueos, dirigió la expedición. En la nave también iban las reses del sacrificio para calmar la ira de Apolo.
Poco después, Agamenón, que no había olvidado la ofensa de Aquiles frente a sus soldados, llamó a dos de sus heraldos y servidores, y les ordenó:
– ¡Vayan a la tienda de Aquiles y traigan ante mí a Briseida, la cautiva de Aquiles!, si se negara iré yo con mi ejército a buscarla…
Los heraldos se encaminaron por la orilla del mar y, después de recorrer el campamento griego, se presentaron ante el cuartel de los mirmidones, guerreros que dirigía Aquiles, quien al verlos se entristeció.
Y es que Briseida, hija del rey Lirneso, era más que su esclava: era su amada esposa. Ofendido, Aquiles comprendió por qué llegaban los heraldos a su tienda, por lo que ordenó a su amigo Patroclo que sacara a la joven. Después de entregarla a los enviados de Agamenón, entre lamentos el héroe dijo:
– Agamenón tiene el corazón poseído por el furor, y no sabe pensar en el futuro ni en el pasado. Ustedes, heraldos, son testigos de mi conducta ante los dioses, ante los hombres y ante ese rey cruel, por si alguna vez viene a rogarme que lo libre de los peligros que lo amenacen. Me mantendré al margen de la guerra, pues su deshonra ha matado mi ánimo de lucha.
Los hombres de Agamenón parieron de regreso a la tienda de su rey, y la mujer, de mala gana y llena de tristeza, los seguía contra su voluntad. Mientras se marchaban, Aquiles, desconsolado, rompió en llanto, se alejó de sus compañeros y se sentó con los ojos enjugados frente al espumoso mar. Al sentirse solo, levantó los brazos y se dirigió a su madre, Tetis:
– ¡Querida madre, tú que me pariste de vida corta, Zeus debía honrarme y no lo hace de modo alguno! El atrida me ha quitado mi recompensa: mi querida esposa.
Todavía llorando, levantó la vista y frente a él observó a su madre, la diosa de todos los mares, emerger como la niebla del mar. No podía borrar de su mente la imagen de la gentil Briseida.
– ¿Hijo, por qué lloras? – Lo reconfortó su madre –, no me ocultes lo que piensas. ¿Qué pesar te acongoja el alma?
El semidiós contó la causa de su desesperanza y la nereida le prometió:
            – Ya que tu vida será muy breve, tendré que subir al Olimpo y pedirle a Zeus que vengue la afrenta de Agamenón. Dicho lo anterior, partió velozmente.
En tanto, Odiseo arribó a Crisa para entregar a la bella joven a su padre y ofrecer la hecatombe en torno al altar de Apolo. Crises, al ver a su hija entre los suyos, pidió al poderoso dios hacer cesar la peste.
Así, Aquiles cumplió su palabra: desde su barco observaría la guerra sin tomar partido por los griegos. 

LO PRIMERO ES PROPONERSE.

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LA ILIADA PROLOGO


LA ILÍADA
Autor: Homero
PRÓLOGO
Príamo y Hécuba eran los reyes de Troya y, cuando estaba próximo el nacimiento de su hijo Paris, su madre soñó que en su seno llevaba una antorcha de la que brotaban serpientes. Cuando los adivinos fueron consultados para que interpretaran el sueño de Hécuba, dijeron:
                –El niño que pronto darás a luz será el causante de la ruina de Troya, por lo que debes matarlo cuanto nazca.
Aterrorizado por este vaticinio, Príamo siguió el consejo de agoreros y ordenó a una sierva que lo matase; pero ésta se compadeció del niño y lo dejó abandonado en el monte Ida, donde fue descubierto por unos pastores, quienes se hicieron cargo de él. Paris creció como un pastor más y, al pasar los años, era el joven más bello del reino.
Mientras tanto, en el Olimpo, que es el lugar donde habitan los dioses griegos, estaban celebrándose las bodas de Tetis y Peleo. La única que no había sido invitada al banquete era la diosa Discordia, pues siempre causaba problemas.
Iracunda, la diosa decidió vengarse enviando una manzana de oro con una inscripción que decía: “Para la más hermosa”. De inmediato Hera, Atenea y Afrodita se disputaron la manzana, pues cada una de ellas creía ser la más bella de todas las diosas. Para resolver la cuestión sin entrar en conflicto con ninguna, Zeus ordenó que fuese Paris quien entregara la manzana a la que juzgara más hermosa.
Así pues, una tarde en que Paris se encontraba apacentando sus rebaños, se presentó Hermes acompañado de las tres diosas, y le dijo:
–Zeus me ha mandado para darte mensaje: “sobre ti, que eres el más bello de los mortales, recae el deber de elegir cuál de estas tres diosas es la más hermosa”.
Hera fue la primera en presentarse ante Paris:
–Oh, gallardo Paris, mírame bien. Soy la esposa del poderosísimo Zeus y, como tal, la diosa de las diosas. Si me otorgas la manzana, te prometo que serás dueño y señor de Asia, un país de incalculables tesoros. Ningún otro mortal será tan rico y poderoso como tú.
Después de que Hera hubo terminado de hablar; le tocó el turno a Atenea:
                –Si me concedes el premio a mí, hermosísimo Paris, te haré el más fuerte y el más sabio de todos los hombres. No habrá batalla en la Tierra de la cual no resultes vencedor.
Afrodita, dueña de una espléndida belleza, fue la última en hablar:
                –Yo creo, Paris, que ni la fuerza ni la riqueza te traerán la felicidad. Lo único que puede hacer completamente dichoso a alguien como tú, el ser más bello de la Frigia entera, es el amor de la más bella hermosa de las mujeres. No hay en este mundo belleza comparable a la de Helena. Si me das la manzana, yo te prometo que, en cuanto ella te conozca, caerá rendida de amor a tus pies y abandonará todo por ti.
Paris, embelesado por la perfecta hermosura de la diosa Afrodita, Paris navegó hacia Esparta donde vivía Helena junto a su esposo, el rey Menelao.
En cuanto conoció al gallardo joven, Helena no tuvo ojos más que para él. Olvidó el amor que le tenía a Menelao y a sus hijos, y dejó atrás sus deberes de esposa, de madre y de reina. Era como si hubiese bebido un filtro mágico que hacía que desfalleciera de amor por Paris, y juntos huyeron a Troya.
Cuando Menelao lo supo, se llenó de tristeza y de rabia, y fue a pedirle ayuda a su hermano Agamenón. Al enterarse de la traición de Paris, Agamenón, rey de Argos, montó en cólera y decidió vengar la afrenta marchando sobre Troya al frente de su impotente ejército griego.
Fue así como dio inicio la guerra entre griegos y troyanos, la cual se prolongaría durante diez largos años.