jueves, 14 de marzo de 2013

RAPSODIA 1

LA ILIADA
AUTOR: HOMERO
RAPSODIA I
Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, fue raptada y hecha prisionera por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Ante el ultraje, Menelao pidió ayuda a su hermano Agamenón, quien convocó a todos los reyes y príncipes de Grecia para ir al rescate de su cuñada, quien se encontraba encerrada en la ciudad amurallada de Troya.
Entre estos héroes de variada estirpe estaba el más valiente y valeroso de los griegos: Aquiles, el delos pies ligeros, hijo de Tetis y Peleo. Los troyanos le temían porque sabían que era invulnerable y no conocían su pequeña debilidad: si lograban atacarlo por la parte posterior del pie, en el talón, podían matarlo.
Pero la soberbia y la codicia de Agamenón hicieron que Aquiles se retirara rápidamente de la contienda. En un asalto a la ciudad de Tebas, Agamenón raptó a Criseida, lo que hizo que Apolo suscitara una terrible peste en el ejército griego y Aquiles se inconformara.
Crises el padre de la cautiva, se presentó ante el campamento de los griegos, que estaba muy cerca de la ciudad de Troya y a orillas del mar, para redimir a su hija:
–¡Atridas y demás hombres, que los dioses que poseen olímpicos palacios les permitan destruir la ciudad de Troya, pongan en libertad a mi hija y reciban a cambio este inmenso rescate!
Aunque los aqueos y Aquiles estuvieron conformes, el atrida no lo estuvo y despidió a Crises con palabras altaneras. Ante la grosería, el sacerdote, enojado, invocó a Apolo:
– ¡Oh, dios del arco de plata!, castiga con tus flechas a los griegos insolentes y crueles, ya que no han querido devolverme a mi hija adorada…
Desde el Olimpo, el dios de la luz, la música y la profecía escuchó su plegaria y bajó irritado cargando su carcaj lleno de flechas y su arco. Ya en la tierra comenzó a tirar sus saetas, y aunque primero mató perros y mulos, los hombres fueron cayendo muertos rápidamente.
–Agamenón, hijo de Atreo, ahora tendremos que regresar si escapamos a la muerte, pues van a aunarse peste y guerra para acabar con nosotros. Entrega esa joven al dios y te pagaremos el triple si Zeus nos permite tomar Troya –dijo Aquiles ante la amenaza creciente de las bajas aqueas.
– ¡Huye tú –respondió, altanero, Agamenón –, vete si quieres!, pero prepáreme otro botín para no ser el único griego sin recompensa. Me eres odioso y no me importa tu irritación. Y puesto que Apolo me quita a Criseida, me llevaré a Briseida, tu cautiva y enamorada. Así sabrás qué tan poderoso soy…
Aquiles se enfureció tanto, que desvainó su gran espada que llevaba junto al muslo y amenazó al atrida. Pero al verlo, Atenea bajó del Olimpo para contener su furia y apaciguar su cólera.
– ¡Detente, hombre prudente y de razón!, le gritó la diosa. Al verla, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo atormentado:
– ¿Por qué, hija de Zeus, has venido a presenciar el ultraje que me infiere Agamenón, hijo de Atreo? Por su insolencia perderá muy pronto la vida…
La diosa de brillantes ojos lo consoló con estas palabras:
            – He venido apaciguar tu ira. Me ha enviado Hera, esposa de Zeus, la diosa de níveos brazos que ama a ambos y se preocupa por ustedes. Ea, los dioses te pagarán con creces, deja la espada y termina ya con la disputa.
Aquiles, más tranquilo, pero aún enardecido de dolor, obedeció y volvió a enfundar su espada:
– Aceptaré tu consejo. Aunque el corazón esté muy irritado, obrar así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.
Luego, Aquiles arrojó al suelo su cetro, y mientras se sentaba en el suelo, se dirigió al atrida:
            – ¡Insolente!, ¡algún día los griegos y tú, afligidos, extrañarán mi espada cuando se enfrenten a Héctor, matador de hombres! Entonces te arrepentirás de haber deshonrado al rey de los aqueos.
Así se expresó el hijo de Tetis y después sin mediar palabra se retiró a su campamento. Lo mismo hizo Agamenón, quien indignado, terminó por aceptar la recomendación.
El atrida decidió escoger veinte remeros para conducir la nave que volvería a Criseida. Odiseo, el rey de Ítaca, el más astuto y prudente de los aqueos, dirigió la expedición. En la nave también iban las reses del sacrificio para calmar la ira de Apolo.
Poco después, Agamenón, que no había olvidado la ofensa de Aquiles frente a sus soldados, llamó a dos de sus heraldos y servidores, y les ordenó:
– ¡Vayan a la tienda de Aquiles y traigan ante mí a Briseida, la cautiva de Aquiles!, si se negara iré yo con mi ejército a buscarla…
Los heraldos se encaminaron por la orilla del mar y, después de recorrer el campamento griego, se presentaron ante el cuartel de los mirmidones, guerreros que dirigía Aquiles, quien al verlos se entristeció.
Y es que Briseida, hija del rey Lirneso, era más que su esclava: era su amada esposa. Ofendido, Aquiles comprendió por qué llegaban los heraldos a su tienda, por lo que ordenó a su amigo Patroclo que sacara a la joven. Después de entregarla a los enviados de Agamenón, entre lamentos el héroe dijo:
– Agamenón tiene el corazón poseído por el furor, y no sabe pensar en el futuro ni en el pasado. Ustedes, heraldos, son testigos de mi conducta ante los dioses, ante los hombres y ante ese rey cruel, por si alguna vez viene a rogarme que lo libre de los peligros que lo amenacen. Me mantendré al margen de la guerra, pues su deshonra ha matado mi ánimo de lucha.
Los hombres de Agamenón parieron de regreso a la tienda de su rey, y la mujer, de mala gana y llena de tristeza, los seguía contra su voluntad. Mientras se marchaban, Aquiles, desconsolado, rompió en llanto, se alejó de sus compañeros y se sentó con los ojos enjugados frente al espumoso mar. Al sentirse solo, levantó los brazos y se dirigió a su madre, Tetis:
– ¡Querida madre, tú que me pariste de vida corta, Zeus debía honrarme y no lo hace de modo alguno! El atrida me ha quitado mi recompensa: mi querida esposa.
Todavía llorando, levantó la vista y frente a él observó a su madre, la diosa de todos los mares, emerger como la niebla del mar. No podía borrar de su mente la imagen de la gentil Briseida.
– ¿Hijo, por qué lloras? – Lo reconfortó su madre –, no me ocultes lo que piensas. ¿Qué pesar te acongoja el alma?
El semidiós contó la causa de su desesperanza y la nereida le prometió:
            – Ya que tu vida será muy breve, tendré que subir al Olimpo y pedirle a Zeus que vengue la afrenta de Agamenón. Dicho lo anterior, partió velozmente.
En tanto, Odiseo arribó a Crisa para entregar a la bella joven a su padre y ofrecer la hecatombe en torno al altar de Apolo. Crises, al ver a su hija entre los suyos, pidió al poderoso dios hacer cesar la peste.
Así, Aquiles cumplió su palabra: desde su barco observaría la guerra sin tomar partido por los griegos. 

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