viernes, 30 de agosto de 2013

RAPSODIA III

LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA III
Luego de la batalla sin victoria para ninguno de los dos bandos, los dioses se reunieron en consejo. Zeus, con intención de incomodar a su esposa Hera, hablo así:
– Son dos las diosas que protegen a Menelao, Hera y Atenea, pero lo observan desde lejos; en cambio, Afrodita acompaña a Paris y lo libra de la muerte. Ahora tenemos que decidir el futuro: promovemos el combate o reconciliamos a ambos pueblos.
Hera, llena de ira en el pecho, hizo un pacto con su esposo:
– Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, destrúyelas cuando lo desees, poderoso Zeus, pero manda a Atenea al campo de batalla y los troyanos provoquen a los griegos violando así el juramento de paz.
Así lo hizo Zeus y Atenea cumplió con lo acordado. La diosa se inmiscuyó con forma de valiente guerrero entre los troyanos y encontró a Pándaro, valeroso combatiente de la causa troyana.
– Dispara con una flecha contra el osado Menelao, los tuyos te lo agradecerán. Te colmaré de regalos y gloria– lo incitó la diosa.
Estimulado con estas palabras, Pándaro cogió su arco bien pulido, buscó una flecha nueva, la colocó en su arma y tiró directo al pecho de Menelao.
Pero Atenea de su preciado protegido y desvió la flecha, que se clavó en el cinturón del rey, hiriéndolo levemente. Agamenón al observar a su hermano bañado en sangre, conminó entre suspiros a los aqueos:
– ¡A la guerra, valerosos griegos! Así quebrantaban los juramentos de paz los troyanos, pero Zeus los castigará con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos.
Los soldados helenos se agruparon, y con sed de venganza comenzaron a avanzar como el viento; y cuando estuvieron frente a los troyanos la tierra se tiño de sangre, se cruzaron las lanzas y se juntaron los escudos. Muchos héroes perecieron en la batalla; unos junto a otros quedaron de bruces en el polvo.
– ¡Adelante troyanos– gritó Apolo desde una colina–, no cedan ante los griegos! Sus cuerpos no son de piedra ni de hierro. Además, recuerden, Aquiles, hijo de Tetis, no se encuentra en las filas de avanzada.
Pero los aqueos fueron apoyados por Atenea, quien recorrió el campo animado a los suyos. La diosa infundió a Diomedes valor y audacia para que brillara en el campo de batalla, pues hizo salir de su casco y escudo una incesante luz; tal era el resplandor que despedían la cabeza y los hombros del héroe griego, que los enemigos se sobresaltaron.
Inspirado por la diosa, Diomedes venció a muchos. Atenea entonces tomó la mano de Ares y le dijo:
– ¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! Dejemos que los troyanos y aqueos peleen solos, que sea Zeus quien decida sus destinos.
Con lo anterior los griegos arremetieron contra los troyanos y cada jefe mató, cuando menos, a un enemigo importante.
Pero Pándaro, que observaba cómo peleaba Diomedes contra las tropas de Ilión, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho. El teucro, hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz aguda:
– ¡Arremetan, teucros: herido está el más fuerte de los aqueos, y no creo que pueda resistir el poder de mis saetas!
Pero la veloz flecha no postró al valeroso Diomedes, ya que invocó auxilio a Atenea:
            – ¡Oh, diosa, haz que Pándaro, quien me hirió, se ponga frente a mí y reciba la muerte de mi mano!
Atenea lo escuchó, y poniéndose al lado del aqueo, profirió estas palabras de aliento:
– ¡Animo, Diomedes, pelea contra los troyanos! Te concedo el honor de poder distinguir a los hombres de los dioses en el combate. Si alguno de los inmortales viene a tentarte, no quieras combatirlo. Pero si observas a Afrodita, hiérela con el bronce.
Luego, Diomedes, guiado por Atenea, atravesó con su lanza los dientes blancos del guerrero Pándaro, quien cayó al suelo y allí quedaron la vida y el valor del combatiente.
Eneas intervino temiendo que lo aqueos le quitaran el cadáver de su amigo, por lo que fue herido por Diomedes, quien le dejó caer una enorme roca sobre una pierna.
Pero Afrodita, madre del troyano, lo cubrió con un espeso manto para defenderlo de las flechas, que ya lo acechaban.
            – ¡Eneas, no morirás mientras te proteja tu madre! – dijo Afrodita.
Diomedes la distinguió entre el alboroto, saltó a su carro, corrió en su persecución y rasguño la palma de la deidad. La diosa lanzó un grito estremecedor de dolor.
Al verla, Apolo se la llevó al Olimpo envuelta dentro de una espesa nube.
El aqueo se lanzó contra el troyano Eneas, tres veces intentó matarlo y cuando lo atacaba por cuarta vez, Apolo lo increpó con aterradora voz:
            – ¡Valiente y osado aqueo, retírate, piénsalo mejor; no quieras igualarte a los dioses! Al escuchar la voz de Apolo, el guerrero comprendió y bajó su arma.
El funesto dios Ares entró a lid a favor de los troyanos, incitado por Apolo. Ares, hijo de Zeus y Hera, y dios de la guerra, cubrió el campo de batalla con una densa niebla para proteger a los troyanos. También se colocó detrás de Héctor, y así mató a muchos aqueos.
Hera, la diosa de los níveos brazos, observó que los griegos caían y exclamó a Atenea:
– ¡Pero vana será la promesa que hicimos a Menelao de que no se iría a destruir la bien amurallada Ilión, si dejamos que el pernicioso Ares ejerza sus furores! ¡Auxiliemos a los aqueos! Las deidades intervinieron y fue así como el combate se encarnizó aún más.
Diomedes, que se encontraba junto a su carro curándose las heridas, fue recriminado por Atenea por estar lejos del combate. El guerrero, contrariado, le contestó:
– Te conozco, diosa, por eso te hablaré sin ocultarte nada. No me domina el terror; pero recuerda las órdenes que me diste. Me aconsejaste no pelear contra los dioses, a excepción de Afrodita, que ha desaparecido, y solo observo que el enojo de Ares impera en la batalla.
No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales– lo consoló la diosa–, yo te ayudaré. Conduce tu carro a Ares y no lo respetes: hiérele de cerca, pues no supo cumplir con su palabra de combatir a los troyanos.
Y así lo hizo Diomedes, quien guiado por Atenea se acercó montado sobre su carro hacia el hijo de Zeus; enfilando su lanza desgarró el hermoso cutis de Ares, quién clamó como gritarían diez mil hombres.
Envuelto en una sombría nube, el dios subió al Olimpo, donde fue curado.
Al verlo, Zeus lo reprendió:

            – Siempre te han gustado las peleas, tienes el espíritu soberbio de tu madre, Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. ¡Esa herida tú mismo te la has provocado, insensato!

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