LA ILIADA
Autor: Homero
RAPSODIA
IV
Ya sin la ayuda divina,
troyanos y griegos se enfrentaron solos en una horrenda batalla. Los aqueos
tomaban la delantera y Néstor animaba a los suyos.
Fue entonces cuando
Heleno, el mejor de los augures troyanos, se dirigió a su hermano Héctor y a
Eneas exhortándolos a mantener la moral troyana en alto.
–Héctor–
dijo Heleno–, ve a la ciudad y di a
nuestra madre que llame a las venerables matronas, para que vayan con ella al
templo dedicado a Atenea, emperatriz de las batallas en acrópolis, y llévenle
ofrendas agradables; luego ofrécele doce novillas de un año de edad para que
domine al feroz Diomedes.
El príncipe troyano
llegó al palacio magnífico de Príamo, le salió al encuentro su madre, quien
tomándole la mano le dijo:
– ¡Hijo!, ¿por qué has regresado,
dejando el áspero combate? Seguramente irás a la acrópolis a ofrendar al
poderoso Zeus…
– No, madre mía– le
respondió Héctor–, he venido a decirte
que le lleves ofrendas a la diosa Atenea y sacrifiques en su honor doce vacas
de un año, no sujetas aún al yugo, para que aparte de la ciudad de Ilión al
hijo de Tideo.
Y la madre cumplió la
ofrenda como lo sugirió su hijo, pero la diosa de hermosa cabellera no accedió
a los ruegos de los troyanos.
Héctor se encaminó de
nueva cuenta al palacio de Príamo, y ahí se encontró a Paris y a Helena, con
quienes cambio estas palabras:
– ¡Eres un desgraciado, Paris!
Mientras tus hombres perecen combatiendo al pie de los latos muros de la
ciudad, tú, desinteresado, te recreas en la ociosidad. ¡Regresa al combate si
desprecias a los griegos!
– ¿Qué dices? Si ya preparo mis
armas– contestó el hermoso Paris–. En este momento, mi esposa amada me
exhortaba a regresar a la lid. Contigo iré, pues nada me detiene.
La bella entre las
bellas también se dirigió, angustiada, a su cuñado:
– Ojalá hubiera muerto al nacer, y
ya que los dioses determinaron estos males, debió tocarme ser esposa de un
varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los reproches de los
hombres.
Luego de la respuesta
de la cautiva, Héctor, con voz firme le contestó:
– ¡Anima a este hombre a que
luche!; mientras, yo voy a mi casa y veré a mi querida esposa y a mi pequeño
vástago.
Héctor se fue y llegó
enseguida a su palacio, mas no encontró a la dueña de sus suspiros, Andrómaca,
ni a su hijo. Extrañado, se detuvo en el umbral y preguntó a las esclavas:
– ¡Esclavas! ¿Dónde está Andrómaca,
y mi hijo? ¿Fue quizá a visitar a mis hermanas o a mis cuñadas? ¿O quizá está
en el templo de Atenea?
Ellas le contestaron:
– No, ella subió a la gran torre de
Ilión cuando escuchó que los troyanos retrocedían ante el ímpetu de los
griegos. Te busca, sin saber de tu suerte.
El héroe se dirigió a
toda prisa al lugar indicado, y luego de buscar, encontró a su esposa, quien
corrió a su encuentro. Detrás la seguía de cerca la nodriza que amamantaba al
infante.
En silencio, Héctor
miró a su hijo, lo acarició y besó la mano de su esposa. Andrómaca, con los
ojos enjugados, le dijo:
– ¡Desdichado! Tu valor te perderá.
¿Qué no tienes compasión de tu hijo y de tu esposa? Sería preferible que al
perderte la tierra me tragara. Para mí sería mejor, si vivo privada de tu
presencia. Héctor, tú eres todo en mi mundo: mi padre, mi madre, mi hermano;
tú, mi floreciente esposo.
– Todo eso me preocupa, mujer– contestó
el gran Héctor–, pero me avergonzaría
ante los troyanos si huyera del combate. Mi corazón me incita a la lucha. Sé
que llegara el día en que caiga la ciudad de Troya, por eso primero he de morir
antes de observarte vejada por los aqueos.
Después, el hermano de
Paris tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de
la nodriza. Le asustaba el bronce y el penacho de crines de su padre. La pareja
olvidó por unos momentos los horrores de la guerra y sonrió brevemente.
El guerrero se despojó
de su indumentaria, cogió a su pequeño hijo y lo besó. Entonces, alzando la
vista, se dirigió a los dioses:
– ¡Oh, Zeus y demás dioses!
Concédame que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos y muy
esforzado; que reine en Ilión y que todos lo aclamen después del combate, y que
digan que es mucho más valiente que su padre.
Posteriormente, llevó
al niño con su madre y se volvió a colocar el yelmo adornado con crines. Subió
a su carro y mientras se alejaba volvió la cabeza para dar el último adiós a su
esposa.
Paris, que no había
demorado mucho, se encontró con Héctor cuando éste regresaba.
– Eres valiente– le
dijo Héctor–, pero en ocasiones te
abandonas y no deseas pelear, y mi corazón se aflige cuando escucho murmurar a
los troyanos, siendo tú la causa de sus penas. Vamos, pues, y esperemos el
favor de Zeus para ganar.
Los dos hermanos se
lanzaron a una lucha sin cuartel y dieron muerte a numerosos guerreros
enemigos, pero cuando Atenea, la diosa de brillosos ojos, vio que aquéllos
mataban a muchos aqueos, descendió desde las cumbres del Olimpo para ayudarlos.
Al advertirlo, Apolo le
expresó a la diosa:
– ¿Por qué enardecida nuevamente,
oh, hija del gran Zeus, acaso quieres dar a los indecisos griegos la victoria?
Si lo deseas suspenderemos hoy las hostilidades.
Atenea, enojada le
respondió:
– ¿Pero por qué has querido
suspender la batalla?
Apolo le reveló su
intención de que Héctor retase a los griegos más valientes a un duelo singular.
Y así lo hizo. El príncipe, esposo de Andrómaca, guiado por Apolo, detuvo la
lucha de ambos ejércitos y se dirigió a sus contrincantes:
– ¡Aqueos, si su guerrero más
valiente logra vencerme con su lanza, despójenme de mis armas y entreguen mi
cuerpo a los míos para ser quemado en la pira; pero si el vencedor soy yo, me
llevaré sus armas a Ilión, las colgaré en el templo de Apolo y les enviaré el
cadáver para que le rindan tributo!
Los aguerridos griegos
guardaron silencio, y ante la vergüenza de no aceptar el desafío, Menelao se
indignó ante tanta cobardía y se ofreció a luchar contra el caudillo troyano.
– ¡Yo lucharé contra ti! – y
dio un paso delante de los demás soldados.
Pero el mismo Agamenón
lo tomó de un brazo y le discutió:
– ¡Deliras,
Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tanta locura. Aquiles mismo
sentiría terror ante Héctor.
Pero nadie más se
ofreció como voluntario. Así que Néstor increpó a los argivos y nueve de entre
ellos se levantaron para responder al reto.
Acordaron echar suertes
y Ayax, rey de Salamina, resultó electo. Todos los helenos se mostraron
complacidos y, una vez armado, el príncipe salió al campo.
– Héctor, ahora conocerás el poder
de los aqueos, aunque la fuerza de Aquiles no nos acompañe. Somos muchos los
capaces de pelear contra ti. ¡Empiece ya la lucha! – lo
retó Ayax.
Los contendientes se
arremetieron como leones carniceros. Héctor lanzó primero su enorme lanza y
atravesó con ella el escudo de cuero y bronce de su rival.
Pero Ayax respondió
tirándole una piedra en el escudo; luego lo hirió levemente en el cuello. Más
no por eso dejó de combatir Héctor, quien tomó otra roca y la aventó sobre el
escudo del aqueo.
Cuando llegó la noche,
la batalla continuaba sin que hubiera vencedor alguno. Ambos héroes acordaron
suspender las hostilidades hasta el día siguiente; mientras, se retiraron como
amigos haciéndose mutuamente magníficos regalos.
Reunidos todos los
reyes griegos, decidieron recoger los cadáveres de sus muertos y quemarlos en
una inmensa pira.
Entretanto, los
troyanos pensaron devolver a la hermosa Helena, pero Paris se opuso:
– ¡No devolveré a
mi esposa!; pero si lo desean puedo darles las riquezas que traje de Argos,
hasta añadiré mi palacio.
Los griegos, en boca de
Menelao, rechazaron la oferta:
– No se aceptan las riquezas de
Paris ni a Helena tampoco; pues es evidente que la ruina acecha a los troyanos.
¡Que no decaiga el ánimo, continuemos la gesta!
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