Cuento
de Senel Paz: "Pero no le digas que la quieres"
Arnaldo enteró a todo
el mundo de que aquella noche yo me acostaría con una mujer. Claro, no les dijo
que era Vivian, pero vaya, alguien tuvo que imaginárselo porque en esa escuela
nadie es bobo. Entonces aquel día esperé a que todos se bañaran y cuando no
faltaba nadie y nadie me iba a apurar, entré a bañarme yo, con toda mi calma.
Me restregaba bien duro, jabón una y otra vez, uña, enjuagándome, enjuagándome.
Los rusos, ellos son muy buenos, los que nos defienden a nosotros, pero hacen
unos jabones muy apestosos. Pensaba que a lo mejor ella me olería aquí, allí,
me tocaba, no sé, seguramente me iba a tocar y quería estar bien limpio y oler
bien y repasaba mentalmente los lugares donde a mi vez la besaría, donde tenía
que besarla, según Arnaldo, para que nunca me olvidara, para que nunca olvidara
esta primera vez con un hombre, conmigo, y que cuando sea incluso una viejecita
al pensar en mí me tenga en un alto concepto. Entonces Arnaldo me había
explicado tres o cuatro cosas que hay que hacerle a las mujeres, y sobre todo
me explicó que nunca, por nada de la vida, le dijera que la quería, ni en el
momento supremo, porque si una mujer sabe que tú la quieres, mira, ahí mismo te
perdiste, te coge la baja y te hace sufrir lo que le dé la gana. Pero aquel día
yo cantaba y todo. Me restregué las orejas, por aquí, por allá, me lavé la
cabeza con shampoo, tres veces, me froté la espalda, me afeité de lo mejor, me
cepillé los dientes y la lengua, ya te digo. Quede que brillaba y tenía una
contentura tan grande que me sonreía cada vez que tropezaba conmigo en el
espejo y me hacía señitas como si fuera un Charles Chaplin o alguien así porque
imagínate, sabía lo que iba a pasar, y era la primera vez, y era con Vivian y,
te lo juro, trataba de no pensar en nada, no adelantarme a los acontecimientos
y respetarla con la mente. Pero tú sabes cómo es la mente de uno, la mente mía,
que a la mente mía tú le dices no pienses esto porque es una falta de respeto y
ella te dice: “Sí, sí no lo voy a pensar.” Mentiras, es lo que más piensa.
Entonces figúrate, me di cuenta de lo que la mente mía estaba pensando, pero yo
quería respetar a Vivian y no quería adelantarme a los acontecimientos. Sin
embargo, mi mente, te digo, estaba pensando eso; y el sexo, él solo, se me fue
embullando, y lo que hice fue agarrarme fuerte del lavamanos y concentrarme
bien e imaginarme un campo de florecitas, bien extenso, muchas florecitas, y se
me pasó, y la respeté, porque cuando yo me excito por gusto o en un lugar donde
no debe ser, en el aula, vamos a decir, un ejemplo, pienso en florecitas y me
da resultado. Pero tienen que ser amarillas.
Entonces aquel día
estaba en el baño, te lo dije, muy contento y sintiendo esa emoción que yo
siento cuando pienso en Vivian, y otras emociones, y ya había acabado y estaba
resplandeciente cuando abrí la puerta, aquel día. Alabao, todo el mundo estaba
esperándome, tan calladitos que no los había oído, formados en una doble hilera
que iba hasta mi cama, la corte esa que va a despertar a los reyes.
“¡Eheeéeeeh!”, me recibieron, aquellos bandidos, y almohadazos y pescozones.
Traté de cerrar. “¿Así que te ibas a hacer el hombre sin decírselo a los
socios, eh?” “¡A perfumarlo!” Me cargaron en cueros y me subieron a una silla.
“¿Le untamos betún en los huevos para que le brille?” “No, caballeros, eso no
que se demora” “¿Y pasta de dientes en los sobacos?” Decidieron que no estaría
elegante con mi camisa de salir, qué calladito me lo tenía ¿eh?, sino con el
pulóver lilita que le trajeron a Jorge de Checoslovaquia, ¿había tomado ostiones,
eh? Me echaron como cinco tipos de desodorantes y perfumes, me obligaron a
comer un caramelo de menta para que tuviera buen aliento. “Yo no tengo mal
aliento, ¿quién dijo eso?” “La menta también sirve para otra cosa, bobito.” Me
llevaron hasta el espejo y cuando se cansaron de peinarme opinaron que no había
actor de cine mejor tipo, parecía primo de Alain Delon. Revisaron mi cartera y
agregaron la contribución de los socios. Estaban burlones, amigos, envidiosos,
pero eran como las tres, caballeros, tarde, y me dejaron, aquellos bandidos.
Arnaldo me explicó una vez más cómo tenía que hacer para que en el lugar no
notaran que era novato, y me deseó suerte, mucha suerte, que cuando regresara
lo despertara y le contara, y que no le dijera a Vivian que la quería, mira que
a mí se me notaba que podía caer en esa debilidad, que no se lo dijera. Lo dice
porque le he contado que cuando nos besamos yo veo chispas, flores, fuegos
artificiales, qué sé yo la maraña que se me forma en la cabeza cuando beso a
Vivian y me parece que doy vueltas en un tiovivo. “No, jodas, David. Qué
chispas ni tiovivos. Lo que tienes es que resoplar como caballo, sacar la
lengua, decir puta, yegua y empujar con toda tu alma para que te sienta el
bulto. Eso es lo que les gusta.” Yo todavía dudaba, te lo digo. No, a esa hora
empecé a dudar más que nunca y a ponerme nervioso. Quería que el tiempo echara
para atrás y que no llegara el momento, a esa hora. Me preguntaba si estaba
haciendo bien, si hice bien al exigirle esto a Vivian, si era quererla como yo
la quería. Pero ya no podía arrepentirme. No había modo. ¿Arnaldo qué
pensaría?, ¿Vivian qué pensaría? Y ahora lo sabían los otros. ¿Comprendes que
no podía arrepentirme? Al menos que me diera un dolor de estómago muy grande,
de apendicitis o algo así, o que empezara a llover de verdad. Pero nada, y me
acordé de los flanes, de eso me acordé. A mí no me gustaban estos dulces, o no
me gustaban especialmente, pero aquí en la escuela los sirven a menudo y su
movimiento suave, su modo de ser erectos, su color, esa manera en que te miran
los flanes con ganas de que te los comas, a mí me recuerdan los senos de
Vivian, dirías que estoy loco, sus senos son tan lindos que caben en el hueco
de mi mano, en un solo beso de mi boca, y me como tres, cuatro, cinco flanes,
los cambio por el pescado. Aunque no sé si fue en ese momento que me pasaron
los flanes por la cabeza o si fue después, cuando llegué a su albergue, que me
salió vestida de negro. Una rubia vestida de negro es lo más lindo que hay. O
de verde. Y tampoco podía echarme para atrás porque tenía un compromiso
político. Sí. El año pasado me eligieron joven ejemplar, pero no quedé
militante de la Juventud porque me faltaba madurez, dijeron, y tenía que
trabajar, me dieron un año para que trabajara y adquiriera la madurez, leyera
los periódicos y estuviera al tanto de la situación internacional. Y yo hacía
todo eso, podía enumerar por continentes los golpes militares y las injusticias
cometidas por el imperialismo en el último semestre, hasta que llegó Vivian al
aula, que ya te dije cómo me puse. Nadie me había advertido que teníamos una
compañera nueva y cuando entré al aula la vi, así de repente. Tuve que
sentarme. Había oído decir que las muchachas lindas daban mareos, pero no sabía
que era verdad. Y entonces en la asamblea de los ejemplares, muchacho, no
alcancé ni nueve votos. Una hora ahí criticándome, diciendo que había perdido
condiciones y que cuál era mi opinión porque lo importante era que ya aceptara
las críticas, que las interiorizara como dice el compañero de la Juventud, y yo
dije que sí, que las aceptaba, que las interiorizaba, pero me fijé en todo el
que no votó por mí. Javierito no votó. Después Arnaldo me dijo que guardar
reservas era peor, que admitiera que yo no atendía a clases, que el mundo me
importaba un pepino y que me pasaba la vida detrás de Vivian. Así, ¿qué
militante comunista podía ser? “Aparte de que tú no tienes combatividad, David.
Tu oyes a alguien expresando una idea incorrecta y no le sales al paso.” Yo y
Arnaldo en un rincón analizando estas cosas. A él lo mandaron a hacer trabajo
político conmigo, me di cuenta en seguida, y lo sentía porque lo quiero como a
un hermano, pero la tarea le iba a quedar mal, hasta que dijo: “¿Sabes lo que a
ti te pasa, compadre? Tu problema con Vivian” “¿Qué problema con Vivian, mi
socio? Déjate de esas. Yo no tengo ningún problema con Vivian, para que lleves
carta.” Yo no hablo así pero en la escuela hay que hablar así, y atajando a
Arnaldo porque sabía por dónde podía venir. “Sí, chico -se suavizó él-, Vivian
es una mujer que exige mucho, y las relaciones de ustedes han llegado a un
punto, han alcanzado un desarrollo, cómo decirte... Vaya, que se tienen que
acostar o más nunca serás militante.” “Párate ahí, ¿de qué clase de mujer crees
que estás hablando? Yo la respeto y ella me respeta. Nosotros nos respetamos.”
“Vosotros os respetáis, pero debéis acostarse. A mí no me quieras tupir con tu
carita de santo y tus poesías. Sí, escribes poesías, pero a la hora de buscar
novia te buscaste una con tremendo culo.” “Oye lo que te voy a decir, yo no te
permito...” “Tremendo culo bien, tremendo culo. Si te tira un peo en la cara te
tumba los dientes.” Arnaldo es así y no se puede discutir con él. “Además
-continuó-, éste es un país en peligro. ¡Qué bonito que mañana nos invadan los
yanquis y tu caigas en combate así, sin haberla visto!” Lo miré, ese argumento
sí era para tenerlo en cuenta. Me tiró el brazo sobre los hombros y echamos a
caminar. “¿Tú sabes lo que pasa? Que ahora no es como antes. En el capitalismo
cumplías los trece o catorce años y tu papá o un hermano tuyo te llevaba a un
prostíbulo y ya, empezabas. Ahora no, porque eso era una lacra social y hubo
que eliminarlo, yo estoy de acuerdo. Pero, ¿sabes qué?, que nosotros nos
quedamos en el aire. En ésa no pensó nadie. Debieron haber dejado un
prostíbulo, uno solito, pedagógico, para los estudiantes, ¿no crees?” Lo miré
no muy convencido y tratando de adivinar adónde quería llegar. “Entonces uno se
tiene que acostar con las novias, y no hay problemas. El Manifiesto comunista
dice que en el socialismo el amor es libre.” “El Manifiesto comunista dice eso?
¿Qué el amor es libre? Voy a leerlo.” “Léelo, léelo, que dice otras cosas,
además.” “Con Vivian no se va a acostar más nadie.”
Me quedé pensando en
todo esto. La cosa política, quiero decir, y cuando estuve solo juré que, sin
dejar de pensar en Vivian, no iba a tener más fallas ni egoísmos en mi
comportamiento social. No le juré eso al Che, porque el Che no es un santo ni
nada, pero me estaba acordando de él cuando me lo prometí a mí mismo. Claro que
no era esto lo que yo pensaba cuando iba a recoger a Vivian aquel día. No. Yo
pensaba en ella y la veía como me arreglaba el menudo para que no me siguiera
sonando en el bolsillo al caminar. Recordaba nuestras conversaciones, las
volvía a conversar, esas interminables conversaciones nuestras en el aula, en
los recreos. Gracias a ella sé de memoria el nombre de sus familiares, los
cumpleaños, y ella el de los míos, la disposición de su casa, los lunares que
tenemos. Nos hemos contado millones de veces cómo están ordenados nuestros
albergues, quién duerme en cada litera, si roncan, si comparten la comida, los
militantes que consideramos buenos de verdad. Hemos hablado y hablado: del
director, de los profesores, de la escuela, de lo que haríamos si de pronto
vemos a Fidel. Le he contado casi todo lo que sé de lo que significa ser
hombre, cómo es el desarrollo de nosotros, que las tetillas me dolieron como
loco a los doce o trece años y que no hay como un golpe en los testículos y
ella en los senos, que su primera regla fue a los doce y que el huequito por
donde orina es otro. ¿Tú no hablas esas cosas con tu novia? Nosotros sí, y nos
escribimos en las últimas páginas de las libretas, de las mías porque con las
suyas es muy celosa. Las tienes forradas y sobre cada forro una fotografía del
Che. Lo miramos a veces, al Che. “¿Dónde estará ahora?, me pregunta. “En un
lugar de América.” Estaba en Bolivia pero no lo sabíamos. “A veces pienso que
puede pasarle algo.” “¿Al Che? No, muchacha, no. ¿Tú eres boba? Sus ideales son
justos, él lucha por la libertad de los pueblos.” Y mientras conversábamos nos
mirábamos de cerquita, a los ojos, su boca tan roja, qué boca tiene Vivian, y
nos tomábamos las manos para saber si las teníamos frías, para ver quién las
tiene más grandes, y siempre era yo, para estudiarnos las líneas de la vida y
de la muerte. Todo eso disimulando, ¿tu entiendes?, porque cuando esto todavía
no éramos novios. A ella le gustan Los Beatles y Silvio Rodríguez y a mí sólo
Los Beatles; aunque no sé si será correcto porque son americanos o ingleses. Lo
que más le gusta de Silvio Rodríguez es que siendo revolucionario anda con
melena y la ropa sucia. “Eso es ser hippie, rebelde por gusto, en nuestra
sociedad no hay que protestar”, me incomodo a veces, pero ella lo defiende.
“¿No comprendes que lo que quiere decir es que nosotros somos como nosotros y
que no nos planifiquen tanto las cosas?” ¿Y te acuerdas de aquel día terrible?
Le había dicho que teníamos que conversar, teníamos que vernos en el receso.
Iba a enamorarla. No podía seguir sin enamorarla y quería encontrar una forma
bien original. Arnaldo enamoró a una muchacha jugando a adivinar palabras en
una libreta. Le escribió Me gustas, la M y los guiones, y ella lo adivinó; pero
Vivian en cuanto comprendió lo que decía no quiso seguir. En una novela leí que
una muchacha le dijo al muchacho, ofreciéndole las manos: “Léeme el destino.” Y
él le contesto: “Tu destino no está en tus manos sino en las mías.” Oye, qué
lindo eso, compadre, ¿por qué no se me ocurrió a mí? Entonces cuando llegamos a
la escuela, aquella mañana, todo el mundo estaba formado en el patio central y
la gente guardaba silencio como jamás se había logrado en aquel patio, la
mañana ésta. La busqué y la miré de lejos, queriéndole decir que en el receso
íbamos a hablar aquella cosa tan importante, ¿se acordaba?; pero ella lo que me
preguntó con los ojos fue: “¿Qué pasa?, sabes qué pasa?” Y entonces yo también
comprendí que pasaba algo. Los profesores estaban bajo los almendros, lo sabían
y era terrible. Algunas maestras lloraban. ¿Vendría una invasión americana? El
director subió a la tarima y nos miró a todos, atentos a él. Si hubieras visto
aquella mirada del director. Ya no quedaban dudas de que algo grave había
ocurrido, pero ¿qué era? El director, nervioso, dio unos golpecitos en el
micrófono, que funcionaba perfectamente y no necesitaba que nadie lo golpeara,
y es que no podía, no le salían las palabras y nos miraba, hasta que finalmente
lo dijo de un tirón: “Mataron al Che en Bolivia. Iremos a la Plaza a una velada
solemne, la mayor disciplina, vayan para las aulas.” Así dijo, Vivian se
recostó a mi hombro, Oí que lloraba. “Sabía que eso podía pasar uno día”, dijo,
y nos fuimos hacia el aula, sintiéndonos mal, viendo la mirada del Che en todas
partes, su sonrisa, cuando dice en el imperialismo no se puede confiar ni un
tantico así, como si camináramos bajo un cielo de imágenes del Che y en cada
hoja de los almendros hubiera imágenes suyas y una lluvia. María se nos unió.
“¡Ay Vivian, ay Davisito!”, dijo, y los tres nos fuimos abrazados. Qué tristeza
sus libretas. Quitó los forros y los guardó en silencio. Finalmente dijo que no
lo creía, no lo creía de ninguna manera porque no, no podía ser. “Ojalá,
Vivian, pero figúrate, ¿estás loca?” De todos modos nos quedamos con algún
pedacito de ilusión, hasta que estuvimos en la Plaza, todos en la Plaza, y el
Fidel más triste del mundo dijo que sí, que al Che lo habían matado en Bolivia
pero que nosotros no podíamos morirnos por eso ni por nada, y regresamos a la
escuela, ella y yo tomados de la mano, no porque fuéramos novios, no, sino para
ayudarnos. Y no la enamoré esa semana, creo que tampoco lo otra, no me acuerdo.
Y no por nada, se me quitaron los deseos...
Pero bueno, aquel otro
día tenía puesto el vestido negro que te dije fuimos al cine y cuando salimos
del Payret qué linda estaba la noche. Había llovido y había luces y colores y
¿mucha gente y humedad y caminaba a mi lado apretada contra mí, con el pelo
suelto. “¿Por qué vamos tan de prisa? ¿Qué te pareció la película? Vamos a
comentarla.” Y empezó a decir su parecer, el enfoque social no se qué cosa. Yo
ni la oía ni había visto la película y el corazón se me quería salir porque en
el cine, imagínate, se me ocurrió acordarme de que hay parejas, dicen, que la
primera vez no pueden: ella coge miedo, tiene unas hemorragias tremendas y hay
que llamar a la ambulancia o él no reacciona porque se pone nervioso, los
nervios no lo dejan. Si mis nervios me hacen eso los mato. Y le dije: “No vamos
para la escuela.” “¿Y para dónde vamos?” “A un lugar.” No le había explicado
nada más desde que hablamos. “Es aquí” Entramos a un edificio, rápido, hablé
con un hombre, rápido, pasamos puertas, pasamos puertas, pasamos puertas, la
llave no quería abrir, no quería abrir, abrió y entramos... Me quedé contra la
pared, oyéndome el corazón. La luz estaba encendida y Vivian avanzó dos o tres
pasos, se detuvo, cambió la cartera de mano, así como cambia ella la cartera de
mano. El cuarto era alto y feo, horrible, para qué te cuento. Había un
escaparate pequeño, sin puertas y con percheros de alambre todos jorobados.
Sobre una mesa despintada, una palangana con agua, una jarra de aluminio, dos
vasitos soviéticos, papel sanitario y jaboncitos de olor. La luz amarillenta
proyectaba las figuras contra las paredes, en las que había dibujos y palabras
groseras. Ella fue hasta la ventana, que estaba abierta, y leí sobre su cabeza,
pero lejísimos, ocultándose un poco en su pelo, ese letrero rojo que dice
Revolución es construir y que está sobre algún edificio de la Habana. Lo leía
como cinco veces y no me atrevía a hablar. En la ventana también estaba la luna
y eso y unos celajes que le pasaban por delante. Era lindo, no pude dejar de fijarme,
y de repente me calmé un poco. Yo sé que nosotros ya no tenemos que mirar la
luna, que eso es ser romántico y dulzón, esta parte yo no se la cuento a
Arnaldo, pero se veía lindo, tú, te lo juro, y Vivian se volvió, lentamente.
Qué impresión me hizo. Como nunca. Cierro los ojos y la veo. Qué linda estaba,
tú, qué linda. Estoy tan enamorado de ella que me da vergüenza, si no te lo
contaba: los dolorcitos en el corazón, las cosas que hago. Me preguntó con una
voz terrible: “¿Esto es una posada, verdad?” Iba a responder que no, a decirle
que era un hotel malo, de segunda, pero le dije la verdad. “Sí.” Un sí
chiquitico. Me dio la
espalda. “Es lo que dice mamá: yo soy mala, en mí no se puede confiar: Ella
creyéndome muy tranquila en la escuela y yo en una posada, con mi novio.” Me
fui acercando, no sabía qué decir, qué hacer, imagínate, tenía razón, para uno
no es lo mismo, si yo le digo a mi mamá que estoy en una posada con una mujer
se pone contentísima, y empecé a sentirme mal, a arrepentirme de haberla llevado,
a comprender su situación. Menos mal que me acordé de lo que dice Arnaldo, que
a las mujeres no se les puede coger lástima porque ni a ellas mismas les gusta
eso. Se viró, tú, con los ojos muy abiertos. “¿No tenías otro lugar adonde
llevarme?” No tenía, no, ¿qué sabía yo de esos lugares?, yo también era la
primera vez. Me dolió que me hablara así, que no me comprendiera, y me sentí
peor. “Si tú quieres -le dije-, si no te gusta el lugar, nos vamos y no me
pongo bravo ni nada.” Y la abracé, para ayudarla a no estar sola, a no sentirse
culpable ella sola, en todo caso el culpable era yo, ¿no?, y para decirle que
sí, estaba allí pero con un hombre que, bueno, la quería tanto, era el hombre
de su vida, y entonces el lugar no tenía esa importancia. También ella me
abrazó y me quería y quedé frente a la ventana abierta y leí de nuevo el
letrero de Revolución es construir. “No nos pongamos nerviosos -dijo- , sólo
que es una pena que tengamos que hacerlo en un cuarto tan feo.” De verdad, tú,
esos lugares debían ser más lindos, y no que uno siente que está haciendo algo
malo. Luego apagó la luz, a las mujeres les gusta la luz apagada, y se fue
desvistiendo. Qué lindo se quitó la ropa, no te figuras, y se sentó al borde de
la cama. La claridad que entraba por la ventana, de la luna y eso, la
iluminaba. Me quité el pulóver. Oí como el pulóver cayó al piso y me sentí
satisfecho de haberme puesto el pantalón negro, no el otro, porque la
portañuela del negro es de ziper, y me gustó tanto el ruido del ziper, me sentí
tan varón al descorrerlo delante de una mujer y saber que también ella lo había
escuchado, y al pantalón que bajaba por mis muslos, salía de mis piernas, caía
al piso y estábamos ambos desnudos, sin mirarnos, un poco amarillentos por la
luz, un poco rojos, sin saber mucho qué hacer. Temíamos que en ese momento se
abriera la puerta y aparecieran el director de la escuela, su mamá, el Ministro
de Educación, escandalizados, y la mamá gritara: “Ay, Dios Santo, Virgen del
Cielo, Gran Poder de Dios, lo que está haciendo mi hija. Si el padre la agarra
la mata.” Te lo juro. Esperamos, esperamos y no apareció nadie. Me acerqué, nos
abrazamos como por primera vez en el mundo, y fuimos dejándonos caer sobre las
sábanas. Empezamos a deshacer torpezas, a adivinar, a dejarnos llevar por una
brisa que soplaba, fuerte olor a mar. El instinto nos guiaba y no nos pareció
que estábamos suficientemente abrazados hasta que aparecieron las flores. Había
flores húmedas en todo el cuarto: acolchonaban el piso y la cama, pendían del techo,
sobresalían del descanso de la ventana. Pusimos atención y nos llegaron los
pequeños ruiditos del amor: un río lejano, caracoles, dos hojas, y estaban
también nuestros cuerpos, su piel y la mía, nuestros labios y manos y ojos y
pelo. Nos estábamos bebiendo tanto que vimos lo mismo: dos niños que corrían un
amanecer, cuesta arriba, por un prado de brillantes girasoles. Iban asustando
mariposas. Ella llevaba una sombrilla, él una espada y un tambor, los dos
vestidos de blanco y tomados de la mano. Cuando comenzó la lluvia se lanzaron
sobre los girasoles, pero no se hundieron, quedaron flotando y comenzaron a
girar, perseguidos por las mariposas, abrazados y como si los arrastrara una
corriente, hasta quedar varados entre raíces de un árbol, y ella vio que él se
erguía, levantaba la espada, que brilló en lo alto, destellos azulados, y
sintió que la mataba y que la corriente se los llevaba de nuevo, se los
llevaba, hasta un remolino, y mientras descendían entre hojas y limos iban
viendo y pronunciando todas las palabras: pomarrosa, hojarasca, arena, zaguán,
obelisco, conejo, palmarreal, jícara, almidón, paloma... y cuando la última
palabra posible se desprendió y se perdió estaban tendidos bajo el mismo árbol,
abandonados allí por la resaca, y de las ramas colgaban hilachas de luz, y
nosotros dos, Vivian y yo, nos moríamos en otra parte, o allí mismo, muy lejos
o muy cerca, y en el último instante vimos sentimos que los niños se
incorporaban y se alejaban, tomados de la mano. Olvidaban la sombrilla y el tambor.
Pasaron sobre nosotros, ella le dijo algo a Vivian, alto porque ya iban
distantes, y él me dijo a mí, o cantaban, contentos, diciéndonos adiós, sin
volver al rostro, felices y cada vez más lejos, más lejos, hasta que se
perdieron, se perdieron… Y nosotros Vivian y yo, poco a poco fuimos
resucitando. Nos volvieron las palabras, la respiración, y me moví sobre ella,
que sonrió, ya sin fuerza para mantener las manos en mi pelo. Me incorporé,
algo, y no entendí lo que sentía: una música lejana, un aleteo en el pecho. Me
incorporé, aún más, mire en derredor, allí, vi el pelo de Vivian desparramado
en la almohada, su sonrisa, los senos, los ojos abiertos pero cerrados, de los
que goteaba un brillo, y aunque me acordé de Arnaldo no pude y se lo dije. Te
quiero, le dije, me abracé de nuevo a su cuerpo, y una bandada enorme de
pájaros levantó el vuelo en mi mente, como una estampida.
FIN
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